7 de enero de 2009

Miedo al miedo mismo


ESTA crisis económica es un poco rara. Piénsenlo un poco: para la mayoría de nosotros, pertenece más al mundo de lo mediático que al de lo real. Nuestras vidas, nuestras economías, siguen igual. Pero la crisis nos hace gastar menos y ahorrar más. Nuestros salarios, es decir, nuestros ingresos, no bajan. Nuestro pequeño patrimonio, tampoco. Y, en realidad, es probable que en 2009 las cosas nos vayan, incluso, mejor que antes. Pero da igual: la mayoría de las familias vemos el futuro con pesimismo y eso afecta más a nuestra economía real que cualquier medida macroeconómica del Banco Central Europeo.
Si lo analizáramos con frialdad, la mayoría de las familias llegaríamos a la conclusión de que nuestra cesta de la compra (por ejemplo, en estas fiestas de Navidad) está bajando, que la gasolina (miren el precio del petróleo) va a seguir bajando y que las hipotecas (lo del euríbor vale en las dos direcciones) van a bajar todavía más. ¿Hay razones, entonces, para tanto pesimismo? Pues sí. O, por lo menos, hay razones para la prudencia. Y es que, para la mayoría de nosotros, el problema de esta crisis consiste en llegar a entender cómo las decisiones de unos señores, que no conocemos de nada, pueden llegar a hacer tambalear todo el sistema financiero mundial y, sobre todo, cómo puedan llegar a afectar a nuestro día a día; a nuestra vida. Eso es lo que nos preocupa; que no lo entendemos. Y por eso somos prudentes: porque tenemos miedo a lo que no conocemos.
Efectivamente, el problema de esta crisis se resume en una palabra: miedo. Miedo al porvenir. Miedo a lo que no entendemos. Miedo a lo que no podemos controlar. Y miedo a que los mismos zorros de las finanzas que nos metieron en este lío monumental sean, ahora, los encargados de cuidar de nuestro gallinero. Ese es el problema: el miedo. Y hasta que no lo superemos, no vamos a salir de esta recesión. Por eso es tan difícil calcular cuándo va a acabar esto: porque lo hará el día en que se acabe el miedo y se vuelva a genera confianza. Ya ven, eso es todo: cambiar miedo por confianza. Muy fácil de decir y muy difícil de conseguir.
En cualquier caso, no esperen que los culpables paguen sus culpas. Esta crisis se parece a todas las anteriores en que afecta mucho más a las víctimas que a los verdugos. Tampoco esperen que paguen más los que más tienen. O los que más pueden. Porque, aunque es verdad que esta crisis les está costando mucho más a los ricos que a los pobres, estarán de acuerdo conmigo en que no es lo mismo que pierda un diez por ciento de su patrimonio la familia Botín (que, por cierto, hay que ver qué apellido para unos banqueros) a que lo perdamos usted o yo. Es más, al final, los que de verdad van a acabar pagando los platos rotos van a ser los más débiles, los que están al final de la cola, los que tienen menos recursos. Es decir, los de siempre. Esos, los autónomos que no pueden pagar las facturas y tienen que vender su furgoneta para volver a empezar de cero; los asalariados que se quedan sin su empleo y conocen la oficina del paro por primera vez en quince años; los comerciantes que tienen que cerrar el negocio porque, aparte de bajar las ventas, están subiendo los impagados y los pufos. Ésos, ésos son los que están viendo cómo sus vidas cambian de verdad. Ésos son los que están sufriendo las consecuencias de una burbuja especulativa en la que, como mucho, se dejaron ir.
Y es que hay un aspecto de esta crisis que la hace distinta a las demás. Esta es una crisis que, por primera vez, afecta mucho más a los propietarios que a los asalariados. Afecta más a los burgueses que a los obreros. Y no porque los burgueses y los propietarios sean más ricos o más culpables que los demás. No. Sino porque ahora son más vulnerables. Sus ingresos no son regulares, no están garantizados. Sus despidos no llevan indemnización. Sus negocios están directamente afectados por el recorte del crédito y del consumo. Y sus inversiones sufren las malas decisiones de unos ejecutivos que, ellos sí, cobran buenos sueldos, tienen mejores jubilaciones y disponen de contratos más blindados todavía.
Por eso no hay que tener miedo. Porque si esta crisis puede servir para algo es para volver a poner las cosas en su sitio. A los estafadores, en la cárcel. A los controladores, controlando. Y a la gente normal, como nosotros, volviendo a confiar en los valores del trabajo continuo, de las cosas bien hechas, de la economía real y, en definitiva, volviendo a desconfiar de las inversiones totalmente seguras, de los intereses garantizados y de los atajos que no conducen a ningún sitio. Y, actuando así, a lo único que tenemos que tener miedo es al miedo mismo.