
Si es que se veía venir. Tal como estaba funcionando la cosa, con tanto ladrillo suelto, tanto Wall Street, tanto pelotazo incontrolado... tarde o temprano esto tenía que estallar. Todos (o casi todos) estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades y eso, algún día, se tenía que acabar. Y, cuidado, porque podía haber sido peor. No hace tanto tiempo, una crisis como esta se hubiera resuelto con una guerra. O con una emigración masiva. O con una dictadura. O con las tres cosas a la vez, porque, más o menos, eso fue lo que estuvo pasando en Europa hasta el último siglo: una guerra por generación, tiranías cada dos por tres, y uno de cada seis ciudadanos embarcando para hacer las américas. Por suerte estamos evolucionando y ahora las crisis económicas se resuelven con ajustes del euribor, desplomes del Dow Jones, aumentos de las listas del paro, nuevas mentiras de los políticos y más reparto de miseria para los de siempre.
Por eso digo que, aunque solo fuera por una cuestión cíclica, esta crisis se veía venir. Pero, eso sí, nadie (o casi nadie) fue capaz de avisarnos a tiempo. Es más, ahora que ya pasó el primer susto, seguimos siendo incapaces de ponernos de acuerdo a la hora de determinar las causas de todo esto. Y no me refiero a las culpas. En eso es incluso lógico que siga habiendo debate. Hay demasiado en juego; la cárcel para unos, el escaño para otros; como para admitir los propios errores sin pelear antes. No. Yo ahora me refiero, simplemente, a las causas, a las razones, a los motivos que nos llevaron a este desplome general de la economía en todo el mundo.
Cada uno ve la feria según le va en ella. Para la gente que es, más o menos, de derechas, esta crisis se tiende a ver como una demostración de la importancia de la cultura del esfuerzo. Todo tiene un precio, nada se consigue sin trabajar, y los duros a cuatro pesetas no existen. Por eso, según este punto de vista, todo este estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria debería servirnos a todos para regresar a la realidad de las cosas bien hechas y para dejar de vivir del cuento o de la falsa especulación. Por el contrario, para la gente, más o menos, de izquierdas, esta crisis supone una lección clarísima que deberían aprender todos los que venían renegando del papel intervencionista del estado. El mercado no lo arregla todo, hacen falta normas reguladoras, y lo que estamos pagando no es otra cosa que el exceso interesado del libre albedrío.
Yo no lo sé. Pero creo que hay algo de razón en las dos visiones. Entre otras cosas porque pienso que no son en absoluto contradictorias. Nadie regala duros a cuatro pesetas y, por eso mismo, es necesario el intervencionismo estatal. Y precisamente por eso, las normas e instituciones públicas deben asegurar que los duros no se vuelvan a vender a seis pesetas. Y mucho menos a cuatro. Esa es su misión. Y sí, ya sé que todo esto del precio del duro es una metáfora muy usada, pero creo que todo el mundo entiende lo que digo: debemos volver a ganar las cosas con nuestro esfuerzo y necesitamos que las reglas del juego sean claras e iguales para todos.
Hay ciertas cosas que deberíamos aprender de esta crisis. No es tan difícil. Aunque no nos pongamos de acuerdo en la explicación global de la misma o en las recetas que deberíamos aplicar para solucionarla, existen algunas cuestiones evidentes que todos podemos compartir. Una de ellas es que se deben acabar ya con todas esas remuneraciones escandalosas a ciertos directivos. Ya saben a lo que me refiero: salarios que están cincuenta veces por encima de la media y cosas así. Todo esto está fuera de lógica y, desengáñense, nadie aporta tanto a un negocio con su trabajo. Nadie. Otra cuestión que también podríamos resolver ya es que, en un mundo global, ciertas normas tendrían que ser globales. Esta doble vara de medir nos está matando. Esto de los paraísos fiscales, o de las compañías navieras con pabellones de conveniencia, o de las grandes bolsas de subempleo ilegal en condiciones infrahumanas, son bombas de relojería que siempre nos acaban estallando en las manos. Es cuestión de tiempo.
Y, en fin, que la mayoría de las veces el problema no es saber cual es la postura correcta. Eso es relativamente fácil de averiguar. En ocasiones, basta con preguntar. El verdadero problema, normalmente, consiste en atreverse a aplicar esa solución; a llevarla a cabo; a ejecutarla hasta sus últimas consecuencias: pase lo que pase.
Y es que, aunque la mentira está mal vista, la verdad suele ser bastante más dolorosa y, sobre todo, cuesta más trabajo.
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