
Soy de la generación del un, dos, tres. Ya saben; aquel concurso de televisión con la calabaza ruperta, las secretarias de gafas imposibles, el apartamento en Torrevieja y las presentadoras del “hasta aquí puedo leer...”; un despliegue de medios tremendo. Pero, bueno, a lo que iba: al principio del programa, para explicar quién era el jefe de todo aquello, en los títulos de crédito ponían algo así como: “...y si algo falla el responsable es...”. Y aparecía el nombre de Chicho Ibáñez Serrador.
Desde muy pequeño, esa frase me pareció muy acertada: “si algo falla el responsable es...”. Hasta hoy, y ya llovió, nunca encontré una fórmula mejor para explicar el liderazgo empresarial. Evidentemente, con diez años, yo no sabía lo que era el liderazgo empresarial, ni lo que significaba producir un programa de televisión o gestionar un equipo humano. Pero, con aquella expresión, ya me empezaba a quedar claro lo que significaba ser el jefe: ser el jefe suponía hacerse cargo de todo cuando algo salía mal.
Por supuesto, el jefe, el líder, el encargado de cualquier empresa puede y debe ser algo más que eso. Por ejemplo, puede recibir las felicitaciones cuando algo sale bien; debe tomar las decisiones finales cuando ya no queda nadie más a quien consultar; y está obligado a asumir siempre el coste de sus decisiones. Pero nada de eso es realmente relevante. Lo más importante, lo que define a una persona como auténtico jefe, es su capacidad para coordinar voluntades diversas, para hacer que todo el mundo reme en la misma dirección, para sacar lo mejor de cada uno y ponerlo al servicio del común. Esa es su misión. Su trabajo no es tocar cada uno de los instrumentos de la orquesta. Ni siquiera enseñar a los músicos a manejar su instrumento. Y mucho menos obligar a nadie a interpretar una partitura que no quiere interpretar. Pero eso no debe decir que tenga que limitarse a mirar, a seducir con buenas palabras, o a conformarse con sugerir. No. Su obligación, su verdadera obligación, consiste en marcar el ritmo de manera inequívoca para conseguir que los intérpretes, vengan del conservatorio que vengan, acaben llevando, todos, el mismo compás.
Evidentemente, algunos no estarán de acuerdo con el ritmo marcado. Y otros, directamente, no podrán seguirlo. Por eso el jefe debe tener la capacidad de escuchar, adaptarse, imponer su autoridad y, llegado el caso, sustituir a los que no terminen de acoplarse. Él debe responder del resultado final. Y aquí no vale la excusa de “es que no me hacen caso”. El jefe debe responder de lo que hace; no de lo que no le dejan hacer. Debe tener la capacidad de marcar el rumbo. Y debe contar con los medios necesarios para que se siga ese rumbo. Y entre esos medios está el don de mando. Y eso incluye la posibilidad de contratar, o dejar de contratar, a aquellos miembros de la tripulación que no quieran, no sepan, o no puedan (o las tres cosas a la vez) seguir el ritmo marcado.
Claro, todo eso está muy bien y, más o menos, todo el mundo está de acuerdo. Pero, entonces: ¿Quién controla al controlador? ¿Quién es el jefe del jefe? O, dicho en términos más directos: ¿Qué pasa cuando el jefe hace mal su trabajo? ¿Quién lo despide? O, ya puestos, y yendo directamente al tema que nos ocupa es: ¿Se puede despedir al jefe? ¿De verdad que se puede despedir al jefe? Pues sí; claro que se puede. Y, en muchas ocasiones, se debe.
No es tan difícil: si el ritmo marcado no es el adecuado, o si el rumbo trazado no lleva a buen puerto, es el jefe el que debe responder. Y si el error es pertinaz; es decir, es continuo y reiterado; no queda otra salida que el despido. Y, desengáñense, los detalles, luego, no son tan relevantes. El quién, el cómo y el cuándo se debe proceder al despido de un jefe concreto no es tan importante. Lo decisivo es tener claro el por qué. Tener muy claro que no se llegó a buen puerto precisamente por haber seguido las instrucciones del jefe. No por haberlo desobedecido. No. Sino, precisamente, por haberlo obedecido. Esa es la clave: que el jefe responda por lo que hace; no por lo que no le dejan hacer.
Y, si les parece, otro día hablamos de la capacidad y la habilidad de los jefe para hacerse obedecer. Es decir, de la diferencia entre autoridad de prestigio y autoridad de función. O dicho en otras palabras, y aunque suene algo más pedante, de la diferencia entre “potestas” y “autoritas”.
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