
Hay que ver lo mal que nos explicamos los empresarios. Eso, desde siempre. Y ahora, para rematarlo, parece ser que en la mesa del diálogo social; ya saben, entre el gobierno, los sindicatos y la patronal; lo único que buscan los representantes de los empresarios es reventar los acuerdos. Y, por lo que se ve, lo están consiguiendo. En fin, nada nuevo: los empresarios dando argumentos para ganar amigos y mosquear al personal. Ésa es nuestra especialidad de toda la vida.
Mandar no es fácil. Y gestionar el trabajo ajeno, menos todavía. Pero si, encima, no sabemos (o no queremos o no podemos) explicar las cosas, lo menos que nos van llamar a la cara es capullo. Es más, a veces nos lo llaman también cuando las empezamos a explicar. Pero eso no es una contradicción. No. Es el precio del cambio. Y lo explico: todos somos animales de costumbres y modificar los hábitos nos cuesta más de lo razonable. Por eso, si nunca explicamos nada, la primera vez que lo hacemos no podemos pretender que todo funcione a las mil maravillas. La gente no se va a fiar. La gente no es tonta. La gente tiene el recuerdo de todos los silencios anteriores y aplica, con razón, la teoría del agravio comparativo. Establece comparaciones y recuerda todas las veces que, en casos similares, no actuamos igual. Sobre todo cuando les pedimos algo que antes no pedimos a otros, por ejemplo, a nosotros mismos. Da igual que sea un sacrificio, más responsabilidad o mayor eficacia: si la transparencia y la sinceridad no empezaron antes por nosotros mismos nunca van a funcionar.
Hace unos días, cuando el gerente del Hospital Gregorio Marañón explicó en rueda de prensa el error de la enfermera que acabó con la vida del pequeño Rayan (ya saben, el hijo de Dalilah, la primera víctima de la gripe A en España) seguramente no esperaba que las cosas se le torcieran de esa manera. Muy afectado, relató cómo la enfermera se equivocó de sonda en la incubadora y cómo todo eso acabó en tragedia. Lo admitió públicamente, lo calificó de error injustificable y, como responsable máximo del centro, dio la cara en nombre de la entidad y pidió disculpas. Eso es lo que se espera de un profesional responsable en momentos así: máxima transparencia y sinceridad. Eso es lo que toca hacer. Y, sin embargo, no funcionó.
Al día siguiente, las compañeras de la enfermera; con un toque de mal gusto, todo hay que decirlo; se manifestaron al grito de: “gerente, capullo, el error ha sido tuyo”. ¿Y por qué? ¿Qué error había cometido el gerente? ¿Qué había hecho mal si se había limitado a contar la verdad? Pues el problema era que a las compañeras no les había gustado nada que un jefe admitiera tan rápido el error de una enfermera pero no mencionara, ni siquiera de pasada, los errores de los otros responsables implicados: los médicos y los directivos. O que no hubiera actuado con la misma sinceridad y transparencia semanas atrás, en el caso de la madre; cuando otra sucesión de errores médicos también acabó en tragedia; pero nadie señaló culpables, nadie dio la cara y nadie pidió disculpas.
El agravio comparativo: ese es el gran problema. Decir la verdad está bien. Pero hay que decir toda la verdad (y nada más que la verdad). Cuando se dice solo a veces, o solo un poco, entonces no vale. Las cadenas siempre rompen por el eslabón más débil. Y la susceptibilidad es uno de ellos; sobre todo la colectiva. Por eso, en este caso, resulta ofensivo que, cuando un médico o un directivo cometen un error, lo califiquemos de decisión colectiva, compleja y difícil de entender; pero cuando el error lo comete una enfermera, lo definamos como inexcusable y fácil de explicar.
Todavía nos falta mucha educación en la transparencia. Y tenemos que empezar por nosotros mismos, por nuestras propias carencias. Admitir los errores propios es el primer paso para resolverlos. Pero, en el caso de los empresarios, es mucho más que eso: es un primer paso para adquirir esa mínima autoridad moral que nos va a permitir apuntar los errores ajenos. Y necesitamos hacerlo porque los empresarios; no hay que olvidarlo nunca; gestionamos errores ajenos. Gestionamos aciertos, talentos, esfuerzos y errores ajenos. Por eso, entre los empresarios, no creo que el problema esté en señalar a una enfermera como negligente, o al presidente del gobierno español como sindicalista radical. No. Creo que nuestro drama consiste en no haber hecho lo mismo, en ocasiones anteriores, cuando nos tocaba a nosotros.
Pedir sacrificios, dinero o sinceridad a los demás está bien. Pero, antes, tenemos que empezar por nosotros mismos.
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