
El problema no es que se paguen pocos o muchos impuestos. El problema es que siempre los pagamos los mismos. Ya saben, los de siempre, la gente de a pie, como usted y como yo, que no tenemos muchas posibilidades de evadir nada. La mayoría de los funcionarios, de los profesionales, de los autónomos y de los empresarios (sí, sí, también de los empresarios) tenemos los ingresos y los gastos tan controlados que; confesémoslo; así no hay manera de defraudar nada.
En fin. Es verdad que, a veces; confesémoslo también; pagamos cosas sin factura, es decir, sin IVA. O que nos quedamos con una parte de las dietas que no gastamos y que no tributan en renta. O que, incluso, compramos películas piratas en el “top manta”. Pero tampoco hay que exagerar. Eso no son fraudes de verdad. Eso son picarescas, triquiñuelas, asuntos menores: un pequeño toque de sal para animar un poco las comidas.
Los ricos, los ricos de verdad; esos son los que tienen los mecanismos y los recursos para contratar a los mejores asesores fiscales y a los mejores abogados y así pagar menos impuestos. Y, además, lo hacen a escala millonaria. Ahí, ahí es donde deberíamos poner el acento. Antes, en los años ochenta, cuando eso de la cosa fiscal empezó a ponerse serio, se interpretaba que los presuntos defraudadores eran, por definición, los empresarios. Y algo de razón había; para qué nos vamos a engañar. En aquella época, muchos de los cálculos se hacían “por módulos”; es decir, por tipo y tamaño de negocio, independientemente de lo que ese negocio concreto estuviera facturando y ganando. Y el truco era no llamar la atención: hacerse los tontos y los pobres. Y, en mi opinión, de ahí, de ahí precisamente viene la fama, y la costumbre de muchos empresarios de estar siempre quejándose, escondiendo y maquillando las cuentas y confundiendo la discreción con el secretismo. -¿Qué tal te fue el año? Bueno, vamos tirando...- Y así, en esa ambigüedad calculada, mezclando los gastos y los ingresos privados con los de la sociedad, muchos empresarios iban ocultando sus cosas a hacienda y seguían tirando. Aunque tuvieran un Mercedes aparcado a la puerta.
Pero ahora las cosas ya no son así. Ahora las cosas son de otra manera. Ahora, en las empresas, la transparencia; por voluntad y, sobre todo, por obligación; es mucho mayor. Ahora hay que depositar las cuentas, hay que auditar las sociedades, hay que archivar y justificar hasta la última factura, hay que cuadrar el iva... Y, sobre todo, ahora, hacienda es capaz de cruzar los datos y hacer comprobaciones tan exhaustivas y puñeteras que es mucho más fácil, práctico e incluso barato, molestarse en hacer las cosas bien que liarse a hacerlas mal. ¿Quiere eso decir que ya no hay fraude fiscal? Pues no. Por supuesto que no. Lo que pasa es que, ahora, el fraude fiscal está en otra parte. Ahora las grandes bolsas de fraude fiscal ya no están entre los empresarios. Ahora las grandes bolsas de fraude fiscal están entre los profesionales, entre los ejecutivos de las grandes compañías, entre los francotiradores de alto nivel. Ahí, ahí es donde creo que deberíamos poner el acento si queremos mejorar la recaudación fiscal en los próximos años.

No invento ni descubro nada. Piénsenlo un poco: no es casualidad que una parte de la crisis económica mundial viniera precisamente de ahí; de la falta de control que tuvieron los pequeños propietarios de las grandes compañías sobre sus todopoderosos ejecutivos. Sobre sus sueldos millonarios que se auto-asignaron por “stock options” y que ocultaron a hacienda a través de sociedades interpuestas y demás trucos bananeros. O sobre el coste de sofisticados informes de asesoría, consultoría o mangantería en general, elaborados por profesionales y despachos afines y que nadie, fuera del círculo de los iniciados, se atrevió a cuestionar. Casi todas las tramas de corrupción; incluidas las financiaciones irregulares de los partidos políticos; se basaron (y se siguen basando) en estos tres instrumentos que acabo de mencionar: salarios desorbitados, informes tapadera y ocultaciones al fisco. Por eso creo que ahí, precisamente ahí, es donde deberíamos poner el acento a partir de ahora.
A mi no me parece mal pagar impuestos. No digo que me guste; pero no me parece mal. Lo que no quiero es que nadie, ni los empresarios, ni los autónomos, ni los funcionarios, ni los trabajadores, ni los ejecutivos, ni los asesores honrados (que sí, que les juro que existen algunos) tengamos que compensar la cara dura y las maniobras fiscales en la oscuridad de algunos sinvergüenzas que nos metieron en todo este lío.
Ahí, ahí es donde creo que deberíamos actuar.
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