15 de julio de 2009

Si me despides, te mato


Que te mande un tirano es malo. Pero mandar a un tirano es peor. Ser jefe de un mal empleado no es fácil. Ser empleado de un mal jefe, tampoco. Ser empleado de un mal empleado es más difícil todavía. Pero, con diferencia, lo peor de todo es ser el jefe de un mal jefe. Eso; mandar sobre un jefe tirano; es lo peor de todo. Sin duda.
No pretendo liarles con juegos de palabras. Tan solo quiero aportar un punto de vista algo diferente en todo este embrollo de la disciplina, la jerarquía y el acoso laboral. Efectivamente, todo el mundo sabe que estar a las órdenes de un déspota, o de un corrupto, es muy frustrante. Es humillante y puede, incluso, llegar a destrozarte como persona. Bueno, pues ahora piensen que hasta el último de los jefes; incluso los cabroncetes; tienen un jefe por encima. Y créanme si les digo que ser el responsable de un jefe tirano es bastante peor que estar a sus órdenes.

Algunos no estarán de acuerdo conmigo, y lo entiendo. Que un jefe cabrón esté por encima tuyo es de lo peor que te puede pasar como profesional. Un tirano te coloca continuamente entre la espada y la pared. Te presiona para que hagas, digas o calles lo que él quiere: cosas ilegales, inmorales o ilícitas. Y, en caso de que te niegues, te amenaza con la degradación, la bronca o el despido. Todo eso es muy desagradable y, además, para un subordinado, las posibilidades de actuar no son muchas.

Sin embargo, para el jefe que está por encima del tirano, las posibilidades de actuar se amplían. El jefe del tirano sí que puede actuar. Puede y debe actuar. Tiene la obligación de acabar con esa situación de tiranía y para eso cuenta con el poder y los mecanismos adecuados. Aunque no siempre y, como ya dije, eso es lo peor: mandar sobre un tirano y no poder dejar de hacerlo es una situación tremendamente frustrante. Saber que una persona está abusando de otras y no poder demostrarlo, ni despedirlo, ni hacer nada para acabar con ello es muy duro. La presunción de inocencia en el trabajo debe existir; por supuesto. Pero, como ya repetí en muchas otras ocasiones, en nuestra legislación laboral, entre jefe y empleado, la presunción de inocencia no está en absoluto equilibrada. Y si hay algún caso en que ese desequilibrio es particularmente dramático, ese caso es éste.

En los conflictos laborales, nuestra legislación parte de la base de que existe una parte débil; el empleado; y otra parte fuerte; el empresario o empleador. Y que la ley, por sistema, está para defender al primero frente a los abusos del segundo. El problema viene cuando es el segundo; es decir, el empleado; el que está abusando de sus compañeros. Y, sin embargo, es el primero; es decir, el jefe; el que le está parando los pies. Pues bien, nuestro sistema laboral no está preparado para resolver este presunto intercambio de papeles entre el bueno y el malo. Y cuando se da una situación así, el jefe del tirano no solo tiene que vencer la presunción de inocencia de su subordinado sino que, además, tiene que combatirla desde el prejuicio de que, como superior, el verdadero sospechoso es él. Y para rizar el rizo, al jefe del tirano le cuesta mucho disponer del testimonio directo de los realmente perjudicados; es decir, de los subordinados de su subordinado. A veces, y es comprensible, por puro miedo de las víctimas. Pero en otras ocasiones; y esto ya no es tan comprensible; porque sobre él recae la sospecha de que pudo haber recabado esos testimonios aprovechándose de su posición superior y con el único fin de librarse de un empleado, o mando intermedio, incómodo.

Como ven, ser el jefe de un tirano es muy complicado. Y pretender dejar de serlo, todavía más. Incluso puede ser peligroso. Y no crean que exagero: el pasado nueve de febrero de este año 2009, en Barcelona, un asesino a sueldo le pegó un tiro en la cabeza a Félix Martínez Touriño. A las ocho y veinte de la mañana y en plena calle. Ahora, seis meses después, se sabe que al asesino lo contrató Manuel Moreno Blancas; empleado de Félix. ¿Y saben por qué lo hizo? Efectivamente, por miedo a que Félix lo despidiera. ¿Y saben por qué Félix lo quería despedir? Pues porque era un cabrón. Y no me refiero a Félix, su jefe. No. Me refiero al propio Manuel: un cabrón que se aprovechaba de su posición laboral para dar tratos de favor a sus amiguetes, cobrar comisiones ilegales y tener aterrorizado al personal a su cargo. Un mierdas convertido en tirano. Por eso, cuando Félix Martínez Touriño, su jefe; un profesional intachable; estaba reuniendo pruebas y argumentos para despedirle, simplemente, no le dio tiempo: un tiro acabó con su vida.

Por eso, aunque no siempre sea tan dramático, créanme: ser jefe no es nada fácil.