
La mayoría de los empresarios saben lo que tienen que hacer. Saben dónde están los problemas en su negocio. Y saben cómo solucionarlos. Pero no lo hacen.
Por el contrario, la mayoría de los empresarios prefieren dejar que los problemas de su empresa sigan sin resolverse porque les asusta que sean peores los remedios que las enfermedades, no quieren revolucionar su propio gallinero, tienen miedo de las consecuencias de sus propios actos y prefieren aplazar cualquier decisión para más adelante.
No les culpo. Solucionar problemas es complicado. Es imposible contentar a todo el mundo y cada asunto resuelto genera tres o cuatro conflictos nuevos e inesperados. Por eso, la experiencia, la inercia y la vagancia llevan a muchos empresarios a preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer.
- Jefe, jefe, que estuve revisando las vacaciones y acabo de descubrir que hay algunos empleados que llevan años cogiendo días de más.
- ¿Y son muchos?
- Pues, la verdad, no. Ya sabe, los cuatro de siempre. Pero no hay dudas, los pillamos. Está todo muy claro y es muy fácil de demostrar y de resolver. ¿Qué hacemos entonces?
- Nada. No vamos a hacer nada.
- Pero, jefe...
- Mira, a ver cómo te lo explico: si nos ponemos serios con esto de las vacaciones, van a mosquearse todos y van a empezar que si los días de asuntos propios, que si las horas extras, que si el sistema de turnos, que si la máquina del café... Así que mejor no hagas nada y déjalo todo tal como está. ¿Entendido?
- Bueno, bueno, jefe, usted manda. Yo hago lo que usted diga.
Y, así, por no poner el cascabel a cuatro gatos y no complicarse la vida, muchos empresarios dejan que siga creciendo esa sensación general de que, al final, el más caradura es el que más ventajas tiene; el más trabajador es al que le acaban cayendo todos los chollos y, en este país de ciegos voluntarios, es decir, de gente que no ve porque no quieren ver, los verdaderos reyes, más que los tuertos, son los caraduras.
Pero no se equivoquen: desde el otro lado de la mesa, las cosas no son mucho mejores. Piénsenlo. Si, por ejemplo, un trabajador comenta a sus compañeros que va a necesitar un día de asuntos propios y que ya es hora de que eso se hable con la dirección y que se regule con normalidad y que no haya que andar medio escondiéndose para ir al dentista, es muy probable que más de uno (sobre todo si es uno de los cuatro gatos de los que ya hablamos antes) le responda que lo mejor es que no se meta en líos y que haga como él: que coja el día sin más, como si fueran vacaciones, porque nadie lleva la cuenta y, en todos los años que lleva en la empresa, nunca, nunca, le llamaron la atención por eso. Y, así, entre pillos anda el juego. Unos siguen pagando poco porque piensan: 'total, para lo que trabajan...'. Y otros siguen trabajando poco porque piensan: 'total, para lo que nos pagan...' Y los índices de productividad, por los suelos. Y la capacidad para competir en mercados exteriores, nula. Y el nivel de satisfacción de propietarios y trabajadores, lamentable.
La buena noticia es que todo esto tiene remedio. Todo este círculo vicioso de 'no arreglo los problemas para no meterme en más líos pero al final me meto en líos bastante mayores de los problemas que no quería arreglar...', todo este círculo vicioso, digo, tiene una solución fácil. Lo único que hace falta es que los empresarios hagan bien su trabajo. Sólo eso, que hagan su trabajo.
Los empresarios no están aquí, no estamos aquí, para ganar amigos. Nuestra obligación no es hacer lo que la gente pide o lo que la gente quiere. No, eso lo hacen los esclavos. Nuestra obligación es hacer lo que la gente necesita: eso es lo que hacen los verdaderos líderes. Y, no se crean, no es tan difícil saber lo que la gente necesita. Sin ir más lejos, en el ejemplo éste de las vacaciones y los días libres, creo que está bastante claro: juego limpio.
No se puede construir nada sólido encima de mentiras y malentendidos. Pero, cuidado, tampoco hay que engañarse: ninguna solución va a contentar a todo el mundo y no existe una fórmula mágica que haga desaparecer todos los problemas para siempre. No. Los problemas seguirán existiendo y nuestra obligación, como empresarios, será resolverlos. Eso es lo que la gente necesita y ése, ése, es nuestro verdadero trabajo.
Y no hacerlo sería nuestro mayor error.
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