21 de octubre de 2009

Enchufes y ladrones (y no hablo de electricidad)


SI les dicen que la gente no quiere trabajar, ustedes, simplemente, no hagan caso; es mentira. Pues claro que la gente quiere trabajar. La inmensa mayoría de las personas que conozco lo que no quieren es ser explotadas, contratadas irregularmente o menospreciadas. Pero con un horario civilizado, un salario digno y una responsabilidad razonable, todo el mundo está encantado con la idea de trabajar, de llevar un sueldo a casa. Esa es la realidad y es fácil de comprobar. Por muy tontos que seamos algunos jefes y no sepamos distinguir entre lo que todos decimos y lo que, de verdad, necesitamos.

Todos queremos mejorar, progresar socialmente y avanzar en nuestra profesión. Todos queremos ir a más, y eso está muy bien: esa ambición es uno de los motores que mueve el mundo. Por eso es tan importante disponer de oportunidades constantes que nos permitan demostrar lo que valemos.

Una azafata de congresos necesita saber que lo que hace es importante para su empresa, que cuando sonríe y trata con rigor a un cliente, eso se valora y se tiene en cuenta para seguir contratándola o para ascenderla. Igual que un mecánico de camiones o una profesora de universidad. Todos, todos, necesitamos sentirnos valorados y evaluados constantemente. Es muy triste comprobar que no importa lo que hagamos porque ya está todo el pescado vendido y nadie se va a mover de su silla. Es muy triste ver a los que mandan apoltronados en sus sillones sin hacer nada mientras hay talentos desperdiciados porque no encuentran una oportunidad para demostrar lo que valen. Es muy frustrante presentarse a una oposición y comprobar que la plaza ya estaba dada. Por eso, los mayores enemigos del progreso social, aparte del miedo y la corrupción, son, sin duda, los enchufes y los ladrones. Y no estoy hablando, precisamente, de material eléctrico.

A ver. Los informes y las recomendaciones laborales están muy bien. Nuestra trayectoria anterior y nuestros pequeños o grandes logros del pasado dicen mucho de nosotros. Mucho más que un título oficial, un examen muy sesudo o un test psicotécnico. De ahí que recabar información personal puede ser muy clarificador desde el punto de vista laboral. Y voy a explicarlo: a la hora de evaluar a un profesional lo fundamental es conocer sus competencias y sus habilidades. Es decir: qué sabe hacer y cómo lo va a hacer. Y para eso es muy enriquecedor conocer cómo se enfrentó a situaciones similares en el pasado, cómo las resolvió y qué aprendió de todo aquello. Y no estoy hablando necesariamente de experiencia laboral. Y mucho menos de cotilleos.

Recuerdo ahora un puesto de trabajo para el que se necesitaba sangre fría y empuje. Sobre todo mucho empuje: no arrugarse ni quedarse atrás. En la entrevista previa le preguntamos a una candidata cuál había sido la situación más dura a la que se había enfrentado en su vida y cómo la había resuelto. La chavala nos explicó que, con 19 años, su padre se había muerto y ella se había tenido que hacer cargo de la panadería familiar sin dejar de estudiar ni de cuidar a su hermana pequeña. Pero lo había hecho y eso la había ayudado a madurar. Nos gustó, nos gustó mucho. Luego, le preguntamos lo mismo a otro candidato. Y nos explicó lo mal que lo había pasado cuando su perro salchicha se había quedado ciego y cuánto le había costado superarlo. Nos dijo que eso era lo más duro, el mayor reto personal y profesional al que se había enfrentado en toda su vida. Y, bueno, no sigo porque ustedes ya suponen a quién cogimos para el puesto: a ella. Y acertamos.

Un enchufe es otra cosa. Un enchufe es cuando te obligan a contratar al tontorolo ése del perro salchicha porque es cuñado del primo de nosequién y, si no lo haces, ese nosequién va a dejar de comprarte y crees que no tienes más remedio que claudicar. Y, entonces, cuando el tontorolo en cuestión tiene que apretar los dientes y enfrentarse a un problema -tal cómo estaba previsto por su puesto de trabajo- te dice que eso es muy duro y que no es culpa de él y se acaba escaqueando. Y entonces te acuerdas de la madre que los parió a todos: al ladrón del cuñado del primo que te metió en esto, al enchufado tontorolo que ya no sabes cómo sacarte de encima y hasta al perro salchicha que, el pobre, no tiene culpa de nada. Pero, sobre todo, te acuerdas de la chavala a la que no pudiste dar el empleo, un empleo que necesitaba y que le iba a venir estupendamente.

Y te arrepientes de lo imbécil y lo cobarde que fuiste

1 comments:

Anónimo dijo...

Hola.
francamente considero a ciertas entrevistas una tontería. Por no haberse muerto nadie de mi familia no tengo que tener menos arrojo.
Y quiza el salchichero podría haber sido un buen fichaje.
Lo peor son los prejuicios de la gente. funcionaro=enchufad0; Sindicalista=chupon jeta no muy trabajador. recomnedados=inepto. joven=hganas de comerse el mundo...........


No tenemos solucción

ANDABAO