
IMAGÍNENSE que, dentro de unos años, una hija suya va a buscar trabajo. En la entrevista, un empresario muy engominado le dice que, aunque el salario es de unos mil euros, le va a hacer un contrato de media jornada y pagarle solo seiscientos. Es lo que hay. Y más siendo mujer y joven. Pero, eso sí, nada de tonterías: va a tener que trabajar las ocho horas. O diez. O lo que venga. Y si no le gusta el plan, es mejor que se lo diga ya, porque, con el paro que hay, tiene una cola de gente dispuesta a aceptar esas condiciones, o peores, y no están las cosas como para perder el tiempo.
Su hija vuelve a casa y se lo cuenta. Llorando. Usted no sabe muy bien si es de rabia, de pena o de impotencia, pero le da igual. Su primera reacción, igual que la mía, es ir y partirle las piernas a ese hijoputa. Y que sufra para que aprenda. Pero, afortunadamente, se contiene y se lo piensa dos veces. O tres. O las que hagan falta porque se da cuenta que esto que le pasó a su hija no es un caso aislado; ni siquiera es una anécdota: es más bien un síntoma. El síntoma de una enfermedad demasiado extendida en nuestra sociedad: la del abuso. Y entonces le empieza a dar vueltas para ver cómo lo podría arreglar.
Primero se le ocurren ideas inverosímiles. Vale, piensa en voz alta: yo no le parto las piernas, pero podríamos contratar a unos inspectores de Trabajo para que le dieran un buen susto. Eso sí, sin pasarse. O, mucho mejor: podría haber leyes más estrictas que obligaran a los empresarios a no comerciar con el empleo. Que les obligaran a dar trabajo. Eso, el trabajo obligatorio para todo el mundo: esa podría ser la solución... Luego, se da cuenta de que no todos los empresarios son iguales y que tampoco es cuestión de rendirse a la primera. Es verdad: hay que seguir intentándolo; hay que hacer más entrevistas de trabajo; hay que aumentar las posibilidades. Sí. ¿Pero cómo? Hombre, se pueden tener muchas hijas, lanzarlas al mercado laboral, y así seguro que alguna de ellas acabará encontrando un buen empleo. Es pura estadística. El problema es que, tal cómo están las cosas. ¿cuántas serían necesarias? ¿Ciento treinta y siete? ¿O más? Definitivamente, no es una buena idea. Pero lo que podría funcionar es disfrazarlas de hombres de mediana edad, con estudios universitarios y probada experiencia laboral. Y es que, según las estadísticas, esos son los que acaban copando los mejores puestos. Claro que, nada de eso sería necesario si usted mismo fuera el que le hiciera la entrevista laboral a su hija. Ay, si usted fuera el empresario, si de usted dependiera... O, ¿por qué no?, de un amigo. Eso, un amigo, un enchufe; eso es lo que usted necesita: alguien que pueda recomendar a su hija; que le pueda proporcionar un buen puesto de trabajo... Pero no, eso no es tan fácil y usted no es el primero al que se le ocurre. Nada, definitivamente, eso tampoco iba a funcionar.
Y, entonces, ¿Qué podría funcionar? ¿Qué podríamos hacer para impedir actuaciones como la descrita? ¿Cómo podríamos evitar los abusos laborales? Pues, en mi opinión, con algunas de las cosas dichas aquí y con un ingrediente básico en el que no solemos reparar. Pero empecemos. En primer lugar, es importante contar con reglas de juego claras: normas que impidan las discriminaciones y leyes que corrijan las diferencias en la línea de salida. No en la de llegada, cuidado, que eso ya es cosa de cada uno. En segundo lugar, la formación: tener algo que ofrecer. O tener mucho que ofrecer, si es posible. Y es que nadie abusa de un profesional imprescindible. O de alguien que puede llegar a serlo. Y, en tercer lugar, el equilibrio. Ese es el mejor antídoto contra los abusos: un mercado laboral equilibrado. Un mercado donde no haya largas colas de parados. Un mercado donde los empresarios necesiten a los trabajadores y donde los trabajadores puedan optar a distintos puestos y no tengan que conformarse con cualquier cosa. Un mercado, en definitiva, donde nuestras hijas puedan decirle a los entrevistadores subnormales que su oferta laboral no les interesa porque tienen otras esperando y no están las cosas como para perder el tiempo. Eso, eso es lo que hace que los mercados sean razonables: el equilibrio entre oferta y demanda. O dicho de otra manera: con un 20% de paro, no hay leyes, ni currículo, ni enchufes, ni atajos que nos defiendan de los impresentables. Por eso tenemos que crear más empleo.
Por nuestras hijas.
1 comments:
Que bonito, me parece que ha puesto demasiado "talante" en este artículo.
no hay nada nuevo en decir que no se arregla nada con un 20 % de paro.
Soluciones:
1º.- negociaciones salariales con incrementos acorde con los incrementos de beneficios empresariales (hablamos de incrementos en %, ya que nadie discute que el empresario está para ganar dinero)(ya verían como cuando vienen vacas flacas habría muchisimos menbos conflictos y se arrimaría entre todos el hombro.
2º.- acabar con los empresarios, autonomos y trabajadores ilegales. si alguien necesita un subsidios que se le de lo que haga falta, pero si le cogemos "cholleando" se acabo cualquier tipo de ayuda.
3º.- a los trabajadores da igual de donde sea se le pagará según el convenio del lugar en el que se encuentren
4º.- formación obligatoria a quien cobre una ayuda,los empresarios tambien.
5º.- nada de pagar a 30-60-90-120... dias, se paga al mes y punto y por cada día se penaliza con un interes legal establecido.
6º.- que las administraciones ean las primeras en pagar y en dar ejemplo de estabilidad en el empleo, seguridad, libertad sindical.... (ahora no lo hacen).
Saludos
Publicar un comentario en la entrada