18 de noviembre de 2009

Gracias por el dinero, me lo quedo


Un empresario no puede ser generoso. No puede serlo porque, en realidad, siempre está gestionando bienes ajenos. Y ser generoso con lo que no es de uno supone una tentación demasiado evidente como para que no acabe pasando factura.

Un empresario tiene que ser justo; tiene que ser valiente y justo, pero nunca generoso. Y esta diferencia puede parecer muy sutil y, rizando el rizo, muy injusta. Pero es así, y funciona, y si, por ejemplo, un empresario decide pagar a un trabajador un incentivo extra durante, digamos, tres meses seguidos, corre el riesgo de que ese incentivo extra se consolide y pase a formar parte, no solo del sueldo de ese trabajador en cuestión, sino del de otros compañeros con una categoría similar, con lo que puede meter a la compañía en un problema grave. Y, en fin, ustedes pueden creer que exagero, pero les aseguro que sé de lo que estoy hablando y les advierto que esa generosidad mal entendida es lo que lleva a muchas empresas al desastre y a muchas relaciones laborales al absurdo.

La generosidad mal entendida, el exceso de confianza, la falta de rigor, una legislación laboral pensada para situaciones de explotación, no ya del siglo pasado, sino del anterior, y, sobre todo, nuestra tendencia natural a pensar que el progreso social consiste en tener cada vez más derechos y cada vez menos obligaciones. Eso, eso es lo que lleva a muchas empresas a la quiebra y a muchas relaciones profesionales al ridículo. Pero volvamos a nuestro ejemplo de los incentivos consolidados y permítanme darles un consejo: si son empresarios, cúbranse bien las espaldas. A la hora de dejar de pagar un incentivo argumenten muy bien las razones del recorte; cosa que seguramente no hicieron cuando lo empezaron a abonar; demuestren con rigor cuales son las circunstancias que justifican ahora esta merma de ingresos, háganlo sin caer en explicaciones abstractas, sean muy concretos y muy precisos; pero, sobre todo, recuerden que la ley no está de su parte.

Puede sonar muy radical pero recuerden que nuestra legislación laboral presume que cualquier recorte de ingresos al trabajador es una injusticia del empresario, mientras que cualquier subida de los mismos es un avance social. Y, como tal avance, no hay por qué explicarlo demasiado. Por eso mucho del trapicheo y de la corrupción económica actual se canaliza a través del pago de informes imposibles a asesores inexistentes o de sueldos desorbitados a ejecutivos figurones. Porque nadie pregunta por los pagos generosos a los trabajadores por cuenta ajena; por lo menos hasta que se dejan de pagar; pero todo el mundo vigila que no se explote a los indefensos trabajadores. Por eso la ley establece salarios mínimos, pero no regula los salarios máximos...

¿Y saben por qué todo es así de ridículo? Pues porque, en pleno siglo veintiuno seguimos suponiendo que la tendencia natural del empresario consiste en pagar a sus trabajadores lo menos posible. Y, por lo tanto, la obligación del Gobierno y de los sindicatos consiste en vigilar muy de cerca a ese empresario para que refrene su tendencia natural a ser un miserable, pero nadie tiene que vigilarlo por si se le ocurre ser más generoso de la cuenta. Eso es una tontería; de eso ya se ocupa él mismo: un empresario nunca va a cometer un error por exceso de pago, porque eso sería tanto como tirar piedras contra su propio tejado. Y, con lo interesados y avariciosos que son estos empresarios, tranquilos que nunca van a tirar piedras contra su propio tejado...

Y, así, nadie piensa que para un mal empresario es más tentador pagar más de la cuenta que pagar de menos. Y no lo digo sólo porque los empresarios tengamos nuestro corazoncito. Que también. Sino porque lo que un empresario quiere, antes que nada, es rodearse del mejor equipo de profesionales disponible. Y la tentación de tenerlos contentos pagándoles un sueldo excesivo con el dinero de los accionistas es muy evidente. Por eso cuando estos accionistas cumplen con su obligación de vigilancia y control sobre el trabajo de los gestores de su negocio, el equilibrio se mantiene. Pero cuando los accionistas son demasiado pequeños, están demasiado dispersos o no se interesan lo suficiente por lo que hacen sus ejecutivos, se llega a absurdos como permitir que los ingresos de los directivos superen en doscientas veces, o más, al salario medio. Y pasa lo que pasa.

Y es que al final, todos queremos que los empresarios sean muy profesionales y muy cicateros con los demás pero, qué carai, muy amiguetes y muy generosos con nosotros. ¿O no?

1 comments:

Anónimo dijo...

no lo entiendo, es que seré un poco cortu. lo malo que faen los empresarios en esti pais ye que nun faen na mientres la empresa va bien, luego al final paguen justos por pecaores.
¿incentivos a cambio de que?
na voy dayos incentivu por asistencia, ya que ahora la empresa gana unes perruques.....

si se quier dar un incentivo se da sobre el beneficio de la empresa, siendo variable según sean estos.

y recordarle QUE LOS CONVENIOS COLECTIVOS TRAEN TANTO LOS DEBERES COMO LAS OBLIGACIONES.
"la mayoría de las veces los deberes no se cumplen al usarlos en empresario como un pago en especie"

ANDABAO