
HASTA ahora, los malos de la película, los culpables de las crisis económicas y de la pobreza en el mundo, eran los propietarios. Ya saben: los ricos, los burgueses, los que se aprovechaban de su situación de privilegio para oprimir a los demás. Y, por supuesto, las víctimas siempre eran los trabajadores. Es decir: los asalariados, los pobres, los obreros y profesionales que trabajaban para esos ricos y sufrían todos sus despotismos, equivocaciones, desmanes y tropelías.
Eso era hasta ahora y casi nadie lo ponía en duda. De manera consciente o inconsciente, todos lo admitíamos. Lo malo es que, en esta última crisis económica, las cosas ya no fueron así. Y, por muy arraigados que tengamos ciertos prejuicios, eso debería hacernos reflexionar.
Efectivamente, en esta última debacle financiera, las víctimas, las verdaderas víctimas del desastre, fueron los propietarios. Sí, sí, los propietarios: los pequeños accionistas de esas grandes compañías que quebraron llevándose todos sus ahorros. O los autónomos que, sin comerlo ni beberlo, se quedaron sin su pequeño negocio y sin su trabajo. O las familias que se hipotecaron más allá de lo razonable y vieron, asustadas, cómo sus casas perdían valor pero había que seguir pagando los recibos al banco. Esas fueron las víctimas, las verdaderas víctimas de este desastre; en eso creo que no hay duda. Pero, entonces, si las víctimas fueron los propietarios, ¿quienes fueron los verdugos, los culpables de todo esto? Pues, señoras y señores, los culpables de esta última crisis financiera fueron los asalariados. Sí, sí, los asalariados, los trabajadores por cuenta ajena, el personal contratado: los empleados. No todos, por supuesto. Más bien unos pocos. En concreto, una minoría de altísimos ejecutivos cantamañanas que se embolsaron salarios indecentes, incentivos fraudulentos o indemnizaciones millonarias por despido después de haber arruinado, y bien, unas empresas que no eran suyas. Es decir, los gestores de lo ajeno que no sólo hicieron mal su trabajo sino que, encima, cobraron por ello una millonada. Vamos, el mundo al revés. O no tanto.
Siempre hubo ricos y pobres, opresores y oprimidos, buenos y malos. Y siempre los va a haber; las cosas no cambiaron tanto. Pero no debemos confundirnos: los fuertes no fueron siempre los propietarios; ni los débiles los asalariados. Y, a partir de ahora, mucho menos. A partir de ahora, todo va a complicarse más. Y es que uno de los mayores riesgos que tenemos como sociedad es que, en la medida que dispongamos de más libertades y más derechos, deberíamos asumir más responsabilidades y más conciencia global de nuestra posición en el mundo. Pero no lo estamos haciendo. Por el contrario, estamos cayendo en una preocupante falta de control de los propietarios sobre los ejecutivos, directores y consejeros de sus compañías. Igual que estamos cayendo en una preocupante falta de control de los ciudadanos sobre lo que, realmente, hacen sus políticos, sus alcaldes o sus diputados. Y el paralelismo no es casual: unos y otros son gestores de lo ajeno; y unos y otros tienen una extraña tendencia a gestionarlo todo «como si fuera suyo». Y, nosotros, inconscientes, les estamos dejando.
Es verdad que, como clientes, estamos aprendiendo a reclamar mejor y a practicar un consumo cada vez más responsable. Y eso está bien. Sí. Pero no es suficiente. Y no es suficiente porque deberíamos empezar a hacer un uso mucho más responsable de nuestra condición de propietarios, de ciudadanos y de contribuyentes. Y voy a ponerles un ejemplo cercano: imagínense que tienen una cuenta corriente, o una acción, en el BBVA. Y supongan que no les gusta nada que el consejo de administración despida a su consejero delegado asignándole una prejubilación de tres millones de euros anuales. ¿Por qué no protestan? ¿Por qué no retiran mañana mismo sus acciones o cuentas del banco? ¿Es que no les importa? Piensen que están jugando con su dinero. Y, cuidado, no pongo en duda ni el talento del señor Goirigolzarri, ni su evidente contribución a la empresa, ni las razones de su marcha. Pero todo debe ser proporcional. Y nadie, recalco, nadie, contribuye tanto a nada con su trabajo. Nadie es tan superman. Nadie es tan imprescindible. Y nadie, por su rendimiento individual o por la falta de éste, debería ser recompensado con esas cantidades. Y menos en tiempo de crisis. Y menos con su dinero; que, además, todo hay que decirlo, puede que no sea mucho pero, unido al de muchos otros, ya empieza a ser mucho más. Piénsenlo. Porque si los pequeños accionistas de estas grandes compañías se unieran y demostraran que no les gusta que despilfarren así sus ahorros, las cosas podían cambiar a mejor. Es más, la única manera de que las cosas cambien a mejor es precisamente ésa: que los propietarios oprimidos del mundo se unan.
Y es que, en el fondo, el señor Carlos Marx no estaba tan equivocado.
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