
Por lo visto, eso de que somos todos iguales (y presuntamente inocentes) es una tontería. De momento, según los sindicatos, parece ser que algunos (los empresarios, cómo no) nos estamos queriendo aprovechar de esta crisis mientras otros la están sufriendo. No invento nada, ni lo exagero. El lema de la manifestación de este domingo decía textualmente: “Que no se aprovechen de la crisis, el trabajo lo primero, por el diálogo social”. Como lo oyen: manifestantes ganando amigos, como siempre.
La verdad es que la vida del sindicalista es dura, muy dura. Y en los últimos dieciocho meses se está poniendo peor. Hasta los estudiantes de bachillerato les echan broncas desde la tribuna del congreso de los diputados y les preguntan por qué no hacen nada mientras el paro sube y sube hasta casi llegar al veinte por ciento. El veinte por ciento del total; una de cada cinco personas que quiere trabajar y no puede: todo esto es tremendo, dramático. Y los sindicatos, ahí, cruzados de brazos, sin hacer nada. Sin protestar, ni quemar neumáticos, ni plantarse frente a la patronal y decir que no van a aceptar ni un solo despido más. Eso, eso es lo que tenían que hacer los sindicatos: plantarse y decir que aquí no se iba a aceptar ni un solo despido más.
Y, sin embargo, no lo hacen. Ellos, que son tan combativos ¿Y saben por qué no lo hacen? ¿Saben por qué los sindicatos no hacen eso, ni ninguna otra cosa, ni nada de nada de nada, con la que está cayendo? Pues, sinceramente, porque ellos no pueden hacer nada. Y no pueden hacer nada no porque la culpa no sea suya. No, ese no suele ser el problema (la culpa, como muy bien saben ustedes, nunca es de nadie). El problema, el verdadero problema que tienen los sindicatos es que, en esta crisis, lo único que no depende de ellos es la solución. Ese es su gran drama.
Antes estaba todo más claro. Luchar contra explotadores sin conciencia, que ganaban demasiado dinero y no pagaban a sus trabajadores era más fácil. Se les montaba una huelga y punto. Era cuestión de valor, de aguantar el tipo. Pelear contra una dictadura era también más duro que difícil: sólo con ser decente y empeñarte en decir la verdad ya te metían en la cárcel. Pero ahora las cosas ya no son igual. Ahora las cosas son de otra manera. Ahora no se trata de tener razón. Ahora se trata de crear puestos de trabajo, de ser productivos, de ser competitivos, de exportar. Y ahí es donde la lucha obrera, la revolución proletaria y la movilización de cuadros no acaban de encontrar su espacio. ¿De qué sirve todo eso? ¿De qué vale hacer manifestaciones y convocatorias? ¿A quién benefician? Vale más no pensarlo.
A ver, como digo, los sindicatos no pueden crear empleo. No pueden. Aunque quieran, cosa que no dudo. Y aunque sepan hacerlo, cosa que sí dudo. Los sindicatos, se pongan como se pongan, no pueden crear empleo; no está en sus manos. Por eso lo único que les queda, en momentos como éste, es armar un poco de jaleo. Que parezca que están haciendo algo, que se movilizan, que se preocupan mucho por sus bases. Pero claro, eso no va a crear ni uno solo de los millones de puestos de trabajo que se están destruyendo. Que es lo que sus bases, de verdad, querrían. Y, así, el desencanto, el desafecto, el divorcio entre los representantes sindicales y sus trabajadores es cada vez mayor. Es más, la gran diferencia, en estos momentos, entre los trabajadores de base y sus representantes sindicales en que, en caso de despido en la empresa, los únicos puestos realmente blindados son los suyos. Ni siquiera los de los empresarios (por cierto, ciento cuarenta mil empresarios españoles al paro en el último año y medio). No: tal como están las cosas, los últimos en quedar en la calle en la empresa tienen que ser, por ley, los representantes sindicales.
Y eso es muy duro. Porque, por mucha retórica que se use, a ver cómo le dice un sindicalista a sus afiliados: “Señores trabajadores, este barco se hunde, pero no se preocupen que, aunque nosotros no tuvimos nada que ver, aquí estamos para impedirlo. Y tranquilos porque, aunque no sabemos muy bien cual es la solución, ya nos encargaremos que los que dicen saberla no puedan llevarla a cabo. Y, por cierto, haber no hay salvavidas para todos, pero no pasa nada porque a mis compañeros y a mí ya nos dieron los nuestros. Así que, camaradas: a gritar consignas contra el capitán que nadie se va a aprovechar de este hundimiento...”
Y, efectivamente, nadie se aprovechó de aquella crisis y la orquesta siguió tocando mientras el Titanic se hundía.
19 de diciembre de 2009
Aprovecharse de la crisis
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