
Es duro ser funcionario. Es muy duro. Y no lo digo en broma, no. Es muy difícil conseguir un puesto en la Administración. Muy difícil. Echen la cuenta: hay que preparar oposiciones, estudiar temas inverosímiles, esperar a que se convoquen plazas, acumular puntos como interino, competir contra miles de candidatos, tener suerte en el examen... En fin, hay que hacer todo eso o, qué contra, hay que disponer de un buen enchufe. Pero es que incluso esto ultimo, disponer de un buen enchufe, también es muy complicado: hay que cuidar los contactos, no significarse demasiado, hacer política sin que se note, llevarse bien con los cuñados (que nunca se sabe), soltar indirectas a los enchufadores, no comprometernos ni comprometer a nadie, esperar el momento, tener paciencia, tener mucha paciencia... Vamos, que se mire por donde se mire, esto de trabajar para la Administración es muy, pero que muy complicado.
A lo mejor por eso, porque es tan difícil entrar, resulta igual de difícil salir. Poco importa lo bien o mal que se haga el trabajo. Poco importa, incluso, que ni siquiera haya un trabajo efectivo que realizar. Y poco importa, en definitiva, que, realmente, se esté aportando valor. Hay que armarla muy gorda para perder una plaza de funcionario. Hagan ustedes mismo el cálculo: ¿A cuántas personas conocen que hayan dejado de ser funcionarios? ¿A una? ¿A ninguna? ¿Y a cuántos funcionarios conocen que merezcan dejar de serlo? Pues eso. No digo más.
Hace años, conocí a una profesora de universidad 'yonqui'. Ya saben, drogadicta. Un desastre. No iba a clase la mitad de los días, 'pasaba' de todo, no se podía contar con ella para nada... Sí. Pero nadie la echaba. Nadie se atrevía a hacerlo. Nadie se atrevía a poner el cascabel a ese gato. Yo no sé si la profesora en cuestión era interina, si tenía la plaza en propiedad, si había entrado por enchufe o si era profesora asociada. No lo sé. Lo que sí sé es que pasaban los meses, y los años, y esta mujer mantenía su puesto de trabajo. Era evidente que no lo ejercía bien. Estaba claro que había personas mejor capacitadas que ella para hacerlo. Nadie discutía que había alumnos y compañeros claramente perjudicados por su incompetencia. Todo eso era evidente, incontestable. Sí. Pero nadie le quitaba el puesto de trabajo porque, claro, como era una plaza fija...
Entonces, esta mujer tuvo un hijo. Quedó embarazada de un compañero igual de vaina que ella y pasó lo que tenía que pasar. En la misma sala de partos, al hacer los chequeos rutinarios, los médicos (funcionarios como ella) detectaron que el recién nacido tenía rastros de ciertas sustancias en la sangre y no tardaron ni diez minutos en retirarles, al padre y a la madre, la custodia. Como lo oyen: les quitaron al hijo. En diez minutos. Por drogadictos, por incompetentes, por poco aptos.
Ya ven cómo son las cosas. La Administración pública, o sea, usted y yo (por medio de unos eficaces funcionarios que nos representan) les quitamos el hijo a unos señores, porque consideramos que, por encima de su derecho a la paternidad, están los intereses del menor. Y no nos tiembla el pulso. No tenemos miedo de poner el cascabel al gato. Es más: sólo les dejamos ver a su propio hijo una hora al día; siempre en dependencias públicas y únicamente bajo la supervisión de un asistente social (también funcionario). Sin componendas. Sin negociaciones. Sin posibilidad de reclamación. Y, cuidado, porque si los padres no quieren que, además de la custodia, les retiremos también la patria potestad, tienen que presentar periódicamente ciertos análisis que demuestren que no siguen consumiendo ninguna sustancia, vamos a decir, comprometedora.
Como digo, así son las cosas. Diez minutos para retirar la custodia de un recién nacido, pero más de tres años para quitarle a un funcionario su plaza. Y no crean que invento los plazos: exactamente tres años después, esa profesora acabó perdiendo su puesto de trabajo. Y no por nada en particular, por lo mismo que les dije antes: por informal, por incompetente, por poco apta.
¿Ven dónde quiero llegar a parar? Pues eso: que no es normal que necesitemos tres años para tomar una decisión y diez minutos para tomar otras. Que no es normal que sea más fácil quitar una custodia que una plaza fija. Que no es normal que dispongamos de unos sistemas de entrada tremendos para acceder a la profesión de funcionario y que no dispongamos casi de sistemas de salida para dejar de serlo. Y que en definitiva, no es normal, que, por miedo a no tomar decisiones valientes que pongan en su sitio a los funcionarios que no funcionan, estemos haciéndoles la puñeta a la inmensa mayoría de funcionarios que sí funcionan.
Y es que, al final, las víctimas de todo esto somos ellos, usted y yo.





