26 de noviembre de 2009
18 de noviembre de 2009
Gracias por el dinero, me lo quedo

Un empresario no puede ser generoso. No puede serlo porque, en realidad, siempre está gestionando bienes ajenos. Y ser generoso con lo que no es de uno supone una tentación demasiado evidente como para que no acabe pasando factura.
Un empresario tiene que ser justo; tiene que ser valiente y justo, pero nunca generoso. Y esta diferencia puede parecer muy sutil y, rizando el rizo, muy injusta. Pero es así, y funciona, y si, por ejemplo, un empresario decide pagar a un trabajador un incentivo extra durante, digamos, tres meses seguidos, corre el riesgo de que ese incentivo extra se consolide y pase a formar parte, no solo del sueldo de ese trabajador en cuestión, sino del de otros compañeros con una categoría similar, con lo que puede meter a la compañía en un problema grave. Y, en fin, ustedes pueden creer que exagero, pero les aseguro que sé de lo que estoy hablando y les advierto que esa generosidad mal entendida es lo que lleva a muchas empresas al desastre y a muchas relaciones laborales al absurdo.
La generosidad mal entendida, el exceso de confianza, la falta de rigor, una legislación laboral pensada para situaciones de explotación, no ya del siglo pasado, sino del anterior, y, sobre todo, nuestra tendencia natural a pensar que el progreso social consiste en tener cada vez más derechos y cada vez menos obligaciones. Eso, eso es lo que lleva a muchas empresas a la quiebra y a muchas relaciones profesionales al ridículo. Pero volvamos a nuestro ejemplo de los incentivos consolidados y permítanme darles un consejo: si son empresarios, cúbranse bien las espaldas. A la hora de dejar de pagar un incentivo argumenten muy bien las razones del recorte; cosa que seguramente no hicieron cuando lo empezaron a abonar; demuestren con rigor cuales son las circunstancias que justifican ahora esta merma de ingresos, háganlo sin caer en explicaciones abstractas, sean muy concretos y muy precisos; pero, sobre todo, recuerden que la ley no está de su parte.
Puede sonar muy radical pero recuerden que nuestra legislación laboral presume que cualquier recorte de ingresos al trabajador es una injusticia del empresario, mientras que cualquier subida de los mismos es un avance social. Y, como tal avance, no hay por qué explicarlo demasiado. Por eso mucho del trapicheo y de la corrupción económica actual se canaliza a través del pago de informes imposibles a asesores inexistentes o de sueldos desorbitados a ejecutivos figurones. Porque nadie pregunta por los pagos generosos a los trabajadores por cuenta ajena; por lo menos hasta que se dejan de pagar; pero todo el mundo vigila que no se explote a los indefensos trabajadores. Por eso la ley establece salarios mínimos, pero no regula los salarios máximos...
¿Y saben por qué todo es así de ridículo? Pues porque, en pleno siglo veintiuno seguimos suponiendo que la tendencia natural del empresario consiste en pagar a sus trabajadores lo menos posible. Y, por lo tanto, la obligación del Gobierno y de los sindicatos consiste en vigilar muy de cerca a ese empresario para que refrene su tendencia natural a ser un miserable, pero nadie tiene que vigilarlo por si se le ocurre ser más generoso de la cuenta. Eso es una tontería; de eso ya se ocupa él mismo: un empresario nunca va a cometer un error por exceso de pago, porque eso sería tanto como tirar piedras contra su propio tejado. Y, con lo interesados y avariciosos que son estos empresarios, tranquilos que nunca van a tirar piedras contra su propio tejado...
Y, así, nadie piensa que para un mal empresario es más tentador pagar más de la cuenta que pagar de menos. Y no lo digo sólo porque los empresarios tengamos nuestro corazoncito. Que también. Sino porque lo que un empresario quiere, antes que nada, es rodearse del mejor equipo de profesionales disponible. Y la tentación de tenerlos contentos pagándoles un sueldo excesivo con el dinero de los accionistas es muy evidente. Por eso cuando estos accionistas cumplen con su obligación de vigilancia y control sobre el trabajo de los gestores de su negocio, el equilibrio se mantiene. Pero cuando los accionistas son demasiado pequeños, están demasiado dispersos o no se interesan lo suficiente por lo que hacen sus ejecutivos, se llega a absurdos como permitir que los ingresos de los directivos superen en doscientas veces, o más, al salario medio. Y pasa lo que pasa.
Y es que al final, todos queremos que los empresarios sean muy profesionales y muy cicateros con los demás pero, qué carai, muy amiguetes y muy generosos con nosotros. ¿O no?
10 de noviembre de 2009
7 de noviembre de 2009
El verdaderu cambiu tranquilu

Hai munchos tipos de lideralgu, munchos estilos de dirección, y el de Mariano Rajoy, presidente del PP, nun ye precisamente de los más vistosos. Pero, qué contra, si-yos tengo que ser sinceros, yo cada día lu entiendo meyor. Da la sensación que, como líder de la oposición, el señor Rajoy nun fai nada, dexa que los problemes s’arreglen o pudran solos y nun ye a dominar a la so tropa que parez que cada día se-y rebela un poco más. Pero, si miramos p’atrás, comprobamos que munchos de los que-y facíen solombra quedaron pel camín. Y los que-y la siguen queriendo facer anden tan enguedeyaos con otros asuntos que ya nun cuenten a la hora incordialu. Piénsenlo, alcuérdense d’Acebes, Zaplana, Costa, Camps, Gallardón, Aguirre, Jimenez-Losantos, o incluive Aznar...
Ye verdá qu’esta manera funcionar nun ye mui aquello, nun viste, nun desata pasiones. Y, asina, cola que ta cayendo, a Rajoy cuesta más de la cuenta que los sos niveles de popularidá suban. Efectivamente, Don Mariano nun arreciende a glamour, nun tien carisma, nun desprende magnetismu. Sí. Pero ehí sigue; de derrota en derrota hasta la victoria final. O seique non, porque bien mirao, él va faciendo los sos deberes, va cumpliendo oxetivos, va quemando etapes. Bien de vueltes aprueba raspiao; como nes elecciones gallegues o vasques. Pero, en xeneral, va ganando claramente les metes volantes, como nes europees. Y, cuando tien dalguna preba de verdá; como’l congresu del partíu en Valencia; imponse con rotundidá.
Rajoy ye, como digo, un líder tranquilu, previsible, ensin aristes. Pero eso, bien mirao, pue que nun seya tan malo. Existe dende hai tiempu una corriente d’opinión demasiao xeneralizada que pretende denunciar el secuestru de la nuestra democracia polos partíos políticos. O más bien pola cúpula d’ellos, por una minoría elitista, por una burocracia incompetente que nun val pa nada. Y que, p’acabar con ella, con esi despotismu desilustráu, solicita que’l protagonismu políticu se-y devuelva a la sociedá civil, a los líderes del pueblu. Unos líderes que casualmente van dicinos ellos quien son, y que van entender meyor que naide a la xente porque van facelo ensin intermediarios insitucionales. Yo, la verdá, como buen demócrata, lliberal y nacionalista que soi, considérome sensible a estos argumentos; ye tentador combatir a comuña al poder tiránicu, centralista y opresor. Pero, precisamente porque soi buen demócrata, lliberal y nacionalista, cada vuelta aprecio más la bondá de disponer de regles de xuegu clares y aburríes; d’instituciones nes que s’enfotar y de mecanismos claros de recambiu que permitan saber que’l xefe ye’l que ganó l’últimu congresu. Y menos demagoxes.
5 de noviembre de 2009
Propietarios del mundo, uníos

HASTA ahora, los malos de la película, los culpables de las crisis económicas y de la pobreza en el mundo, eran los propietarios. Ya saben: los ricos, los burgueses, los que se aprovechaban de su situación de privilegio para oprimir a los demás. Y, por supuesto, las víctimas siempre eran los trabajadores. Es decir: los asalariados, los pobres, los obreros y profesionales que trabajaban para esos ricos y sufrían todos sus despotismos, equivocaciones, desmanes y tropelías.
Eso era hasta ahora y casi nadie lo ponía en duda. De manera consciente o inconsciente, todos lo admitíamos. Lo malo es que, en esta última crisis económica, las cosas ya no fueron así. Y, por muy arraigados que tengamos ciertos prejuicios, eso debería hacernos reflexionar.
Efectivamente, en esta última debacle financiera, las víctimas, las verdaderas víctimas del desastre, fueron los propietarios. Sí, sí, los propietarios: los pequeños accionistas de esas grandes compañías que quebraron llevándose todos sus ahorros. O los autónomos que, sin comerlo ni beberlo, se quedaron sin su pequeño negocio y sin su trabajo. O las familias que se hipotecaron más allá de lo razonable y vieron, asustadas, cómo sus casas perdían valor pero había que seguir pagando los recibos al banco. Esas fueron las víctimas, las verdaderas víctimas de este desastre; en eso creo que no hay duda. Pero, entonces, si las víctimas fueron los propietarios, ¿quienes fueron los verdugos, los culpables de todo esto? Pues, señoras y señores, los culpables de esta última crisis financiera fueron los asalariados. Sí, sí, los asalariados, los trabajadores por cuenta ajena, el personal contratado: los empleados. No todos, por supuesto. Más bien unos pocos. En concreto, una minoría de altísimos ejecutivos cantamañanas que se embolsaron salarios indecentes, incentivos fraudulentos o indemnizaciones millonarias por despido después de haber arruinado, y bien, unas empresas que no eran suyas. Es decir, los gestores de lo ajeno que no sólo hicieron mal su trabajo sino que, encima, cobraron por ello una millonada. Vamos, el mundo al revés. O no tanto.
Siempre hubo ricos y pobres, opresores y oprimidos, buenos y malos. Y siempre los va a haber; las cosas no cambiaron tanto. Pero no debemos confundirnos: los fuertes no fueron siempre los propietarios; ni los débiles los asalariados. Y, a partir de ahora, mucho menos. A partir de ahora, todo va a complicarse más. Y es que uno de los mayores riesgos que tenemos como sociedad es que, en la medida que dispongamos de más libertades y más derechos, deberíamos asumir más responsabilidades y más conciencia global de nuestra posición en el mundo. Pero no lo estamos haciendo. Por el contrario, estamos cayendo en una preocupante falta de control de los propietarios sobre los ejecutivos, directores y consejeros de sus compañías. Igual que estamos cayendo en una preocupante falta de control de los ciudadanos sobre lo que, realmente, hacen sus políticos, sus alcaldes o sus diputados. Y el paralelismo no es casual: unos y otros son gestores de lo ajeno; y unos y otros tienen una extraña tendencia a gestionarlo todo «como si fuera suyo». Y, nosotros, inconscientes, les estamos dejando.
Es verdad que, como clientes, estamos aprendiendo a reclamar mejor y a practicar un consumo cada vez más responsable. Y eso está bien. Sí. Pero no es suficiente. Y no es suficiente porque deberíamos empezar a hacer un uso mucho más responsable de nuestra condición de propietarios, de ciudadanos y de contribuyentes. Y voy a ponerles un ejemplo cercano: imagínense que tienen una cuenta corriente, o una acción, en el BBVA. Y supongan que no les gusta nada que el consejo de administración despida a su consejero delegado asignándole una prejubilación de tres millones de euros anuales. ¿Por qué no protestan? ¿Por qué no retiran mañana mismo sus acciones o cuentas del banco? ¿Es que no les importa? Piensen que están jugando con su dinero. Y, cuidado, no pongo en duda ni el talento del señor Goirigolzarri, ni su evidente contribución a la empresa, ni las razones de su marcha. Pero todo debe ser proporcional. Y nadie, recalco, nadie, contribuye tanto a nada con su trabajo. Nadie es tan superman. Nadie es tan imprescindible. Y nadie, por su rendimiento individual o por la falta de éste, debería ser recompensado con esas cantidades. Y menos en tiempo de crisis. Y menos con su dinero; que, además, todo hay que decirlo, puede que no sea mucho pero, unido al de muchos otros, ya empieza a ser mucho más. Piénsenlo. Porque si los pequeños accionistas de estas grandes compañías se unieran y demostraran que no les gusta que despilfarren así sus ahorros, las cosas podían cambiar a mejor. Es más, la única manera de que las cosas cambien a mejor es precisamente ésa: que los propietarios oprimidos del mundo se unan.
Y es que, en el fondo, el señor Carlos Marx no estaba tan equivocado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
