13 de enero de 2010

Los abusones


Esto de la libertad está muy bien. Entre otras cosas, es la libertad la que me permite a mí escribir estos artículos con mejor o peor acierto. Y es la libertad la que les permite a ustedes leerlos y disfrutar de ellos. O pasar de página. Pero, vamos, no se tomen esto de pasar de página al pie de la letra y sigan, sigan leyendo que hoy vamos a ponernos un poco incorrectos, políticamente hablando, y vamos a hablar de explotación laboral, de malos tratos, de prostitución y de trabajo infantil.

En mi humilde opinión, que los niños trabajen no es malo. Que hagan sus deberes, ayuden en las tareas de la casa o que, incluso, colaboren aportando algo a la economía familiar, me parece una enseñanza impagable. Trabajar les ayuda a entender mejor el mundo de los adultos, el valor de las cosas y la recompensa que hay detrás de cualquier esfuerzo. Además, muchos trabajos, por lo menos en periodos cortos de tiempo, son como un juego. Que un niño limpie las botas manchadas de barro no es malo. Que lo haga por obligación es lógico; porque por gusto no lo va a hacer. Que ese trabajo le impida hacer otras cosas es un problema de proporciones: si le impide ver la tele, no pasa nada; si le impide ir al cole es una tragedia. Pero si al niño se le obliga a trabajar precisamente para evitar que vaya al cole (como les pasa, por ejemplo, a muchas niñas afganas) la tragedia es doble. Por eso creo que el problema no está tanto en el tipo de trabajo que desarrollen los niños, como en las razones por las que desarrollan ese trabajo y en las consecuencias, a largo plazo, que pueda acarrearles esa decisión. Y por eso digo que el trabajo infantil no es el problema: el verdadero problema está en la explotación infantil; en la explotación de cualquier tipo.

Con la prostitución pasa algo parecido. Cuando es una actividad consentida entre adultos responsables, nos puede resultar más o menos simpática, pero no creo que suponga ninguna tragedia. La tragedia es cuando esa decisión no está tomada libremente. Cuando afecta a menores de edad. Cuando es la única salida a la miseria. Cuando es el único pago posible a una deuda mafiosa y abusiva. Cuando, en definitiva, es consecuencia de una explotación. Es decir, de un abuso: ese es el problema.

Centrar los problemas no es un ejercicio ocioso; no es un juego de palabras. Saber dónde está el mal ayuda a localizar mejor el remedio. Y a no dejarse engañar por las apariencias. Todos, con los años, acabamos siendo más tolerantes con algunas cosas y mucho más intolerantes con otras. Es una evolución normal, general, comprensible, positiva incluso. Pero cuidado, porque hay algunas contradicciones en este proceso en las que no deberíamos caer. Por ejemplo: hace cincuenta años, éramos mucho más intolerantes con el adulterio. Lo considerábamos un delito y no de los menores: sus consecuencias podían ser tremendas, sobretodo en el caso de que las “culpables” (ya me entienden) fueran mujeres. En cualquier caso, hoy, las cosas son de otra manera. Hoy las cuestiones sobre aventuras extramatrimoniales, infidelidades amorosas y devaneos más o menos permanentes, se miran con otros ojos; ya no son un asunto público. Ahora se ven como un asunto privado, un problema doméstico, una cuestión particular en la que nadie debe entrometerse. Justo lo contrario de lo que hacemos con los malos tratos. Antes, los malos tratos eran un asunto privado, una cuestión particular, un problema interno en el que nadie tenía que entrometerse. Ahora no. Ahora los malos tratos dentro de la familia se consideran un delito público. Un delito muy grave; de los que están peor vistos y generan más alarma social. Sobretodo si las víctimas (sin comillas ni malentendidos) son mujeres.

Nunca me gustaron los abusones. Nunca los aguanté y creo que son uno de los grandes males de la humanidad. Los hay a gran escala (los tiranos) y los hay a pequeña escala (los mierdas). Y, a veces, no se sabe cuáles son peores. Recuerdo un profesor que nos explicaba, en clase de historia, cómo una de las consecuencias más perversas de las grandes tiranías consistía, precisamente, en provocar la aparición de pequeños mierdas. Él no utilizaba exactamente esa palabra pero, vamos, venía a decirnos lo mismo: que las grandes dictaduras siempre acaban provocando pequeñas tiranos a nivel doméstico. Lo bueno es que también nos decía que podía pasar al revés: que una sociedad sana y civilizada que no aceptaba ni el chantaje ni el abuso como formas de actuación diaria, nunca asumía la tiranía como forma de gobierno. Por eso la libertad es tan importante; por eso tenemos que hacer un buen uso de ella; y por eso no vale echar la culpa siempre a los que están arriba: porque somos nosotros, todos y cada uno de nosotros, los que los dejamos subir ahí.

Y porque somos nosotros, con nuestro comportamiento, los que les enseñamos hasta dónde pueden llegar.