27 de enero de 2010

Reñir o no reñir, ésa es la cuestión


Créanme, no es fácil ser jefe. Aparte de otras cosas, el riesgo de ser malinterpretado es muy grande. En la forma y en el fondo. Si, por ejemplo, un empresario explica que la empresa va bien y que el futuro está asegurado, la mayoría de los trabajadores se alegrarán y lo tomarán como un estímulo. Pero siempre va a haber quien se despreocupe, se relaje, o, directamente, decida aumentar sus reivindicaciones laborales: “Ya que sobra el dinero, jefe: ¿A cuanto tocamos...?”

Si, por el contrario, el mismo empresario explica que la empresa va mal, que vienen tiempos duros y que el futuro se presenta negro, la mayoría se esforzará más y aumentará su compromiso. Pero, cuidado, porque siempre habrá alguien que lo considere un jarro de agua fría, una especie de amenaza, un chantaje emocional permanente para seguir oprimiendo al trabajador. O, en definitiva, que lo interprete como un motivo más para desmotivarse: “Total, si esto va a pique, jefe ¿Para qué nos vamos a seguir matando?”.
De hecho, todo este párrafo que acabo de escribir es posible que también se malinterprete. Algunos se considerarán ofendidos, dirán que exagero, que los trabajadores son todos grandes profesionales muy vinculados a sus empresas, que las personas merecen respeto y que la mayoría de la gente sabe reaccionar tanto ante las buenas como ante las malas noticias. Y eso, precisamente eso, es lo que acabo de decir: que la mayoría reacciona bien y que solo unos pocos lo hacen mal. Pero no importa. Da igual cuántas veces se repita la palabra mayoría o cuánto cuidado se ponga en utilizar las formas más educadas y elegantes: solo el hecho de insinuar que puede haber trabajadores aprovechados ya convierte a los empresarios en sospechosos. Y es que ya se sabe: la gente que se dedica a ganar dinero a costa de dar trabajo a los demás no puede ser de fiar, miente más que habla, apuesta de farol y, sobre todo, siempre lleva un as oculto en la manga.
En fin. Dar noticias es complicado. Y dar malas noticias es más complicado todavía. Despedir, por ejemplo, a un trabajador es algo que, por muy bien que se haga, siempre tiene un final triste. Por supuesto, es mucho peor que te despidan. Es infinitamente peor; no vamos a andarnos con tonterías a estas alturas de la película. Está muy claro: entre despedir tú o que te despidan a ti, es mucho mejor lo primero. Pero entre despedir tú o que despida otro ¿Qué es mejor? ¿Qué es más cómodo? ¿Qué preferirían ustedes? ¿Cuántos se presentarían voluntarios para una misión como ésa? Efectivamente: nadie. Nadie quiere asumir una responsabilidad así. Y, sin embargo, muchos empresarios insisten en hacerlo ellos mismos, en comunicar personalmente los despidos, en dar la cara en un momento tan incómodo y desagradable como ése. ¿Por qué? ¿Porque les va la marcha? ¿Porque disfrutan con ello? ¿Porque son unos sádicos sanguinarios? Pues no, evidentemente no. Esa no es la razón. En mi opinión, es una cuestión de responsabilidad. Cuando un empresario se equivoca, o hace mal su trabajo, una de las posibles consecuencias es que las personas que están con él se pueden quedar sin empleo. No es solo que la empresa pierda dinero. No es solo que los propietarios pierdan su inversión. No es solo que el empresario pierda su empleo. Que también. Es que se pueden ir al paro un montón de trabajadores. Y eso, en la mayoría de los casos, es mucho más doloroso que todo lo anterior. Por eso, lo menos que puede hacer un jefe es tener claras las obligaciones de su profesión. Y cumplirlas.
Cualquier despido es un fracaso: es el punto final de un desencuentro. Pero, casi siempre, antes de ese punto y final, hubo otros puntos y seguido. ¿Se pudo haber evitado? ¿Por qué no me avisaste antes? ¿Cómo dejamos que las cosas llegaran hasta aquí? Pues sí, muchas veces, el despido se pudo haber evitado. Y ahí es donde entra la riña del empresario, su capacidad pedagógica, sus dotes de persuasión, su manejo del palo y la zanahoria. El empresario tiene que reñir a los trabajadores, tiene que orientarlos, tiene que liderarlos. Sí, pero ¿Saben lo que pasa? Que a nadie le gusta que le riñan. A nadie le gusta oir lo que está haciendo mal. Todos pedimos información sincera -¿Qué tal lo estoy haciendo? ¿Lo estáis pasando bien? ¿Me hace gorda esta falda?- pero, en realidad, nadie quiere escuchar las malas noticias; sólo queremos escuchar las buenas. Por eso reñir es siempre, siempre, una trampa mortal. Si no reñimos es porque no nos comprometemos lo suficiente. Si reñimos y no nos hacen caso, es porque no insistimos de verdad. Y si reñimos de verdad, somos unos pesados que ejercemos una presión inaceptable. Y es que el problema, el verdadero problema, es que estamos demasiado acostumbrados a que nos obliguen a hacer lo que es bueno para nosotros.
¿O cuando y por qué empezaron ustedes a dejar de fumar en la oficina o a poner el cinturón de seguridad en el coche?