10 de febrero de 2010

Colegios de pago y niños malcriados


La diferencia entre estudiar en la privada o en la pública no está en la enseñanza; está en las relaciones. Una buena agenda de contactos es mucho más importante para triunfar que un buen currículo. Por eso los ricos mandan a sus hijos a los colegios de pago: para que se relacionen con los hijos de los otros ricos.
Porque eso, el día de mañana, les va a abrir muchas más puertas que todo lo que puedan aprender de matemáticas, biología, filosofía o inglés. Además, los ricos de verdad -los empresarios y gente así- siempre van a poder encontrar buenos profesionales para que les hagan su trabajo: sólo es cuestión de dinero, de pagar buenos sueldos. Y, así, ellos, lo único que tienen que hacer es mandar, vigilar a sus empleados, hacer buenos contactos y, en definitiva, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Por eso, los hijos de los ricos tienen las cosas mucho más fáciles que los demás: porque están mejor relacionados desde la cuna. Y eso, mucho más que el mérito o la valía personal de cada uno, es lo que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso social o profesional.

Bueno, un consejo que les doy: no se crean ni la mitad de lo que acaban de leer. Ya sé que lo escribí yo, pero, créanme: la mitad es mentira. El problema es que la otra mitad, lo que está entre líneas, es verdad y no resulta nada fácil distinguir cuál es una y cuál es otra. Pero, en fin, vamos por partes.

Empecemos por eso de que los hijos de los ricos lo tiene mucho más fácil que los demás. ¿Y qué quieren que les diga? Que por supuesto. Que tener cubiertas las necesidades básicas es imprescindible para aspirar a más. Y que es mucho más cómodo, qué contra. Pero tampoco se engañen: la necesidad agudiza el ingenio y, por eso, la mayoría de las personas que cambiaron el mundo tuvieron orígenes humildes. O, por lo menos, normales. Y siempre, siempre, tuvieron una infancia, unas experiencias, o un tipo de educación que les incitaron a hacer algo más. A no conformarse. A aportar.
Miren, miren, por ejemplo, la lista de las mayores fortunas. O la de las empresas más importantes. O la de los premios Nobel. Y compárenla con la misma lista de hace diez, veinte o treinta años. Y díganme entonces cuántos apellidos se repiten. Cuántas empresas coinciden. ¿Quieren que se lo diga yo? Pues, en el caso de las familias coinciden menos de la mitad y en el caso de las empresas, menos de la cuarta parte. Pero, si las comparamos con la misma lista de hace cincuenta o cien años, ni en un caso ni en el otro van a coincidir prácticamente ninguna. Y es que no lo olviden: beneficios pasados jamás garantizaron rentabilidades futuras.

Todo esto es verdad; sin embargo, es evidente que una buena agenda de contactos es fundamental para triunfar en la vida. O para hacer negocios. O para encontrar una buena pareja o unos buenos amigos ¿No es verdad eso también? Pues sí, es verdad, por supuesto que también es verdad. De hecho, cuando se mide la inteligencia humana, más que valorar la capacidad matemática, la habilidad verbal, la creatividad musical, el talento artístico o la visión espacial (los cinco factores que determinan el cociente intelectual) los científicos llevan años poniendo el acento en lo que ellos denominan inteligencia emocional. Es decir, en nuestra capacidad para relacionarnos con los demás. Una capacidad que no es otra cosa que la suma de dos habilidades: la de entender cómo piensan los demás y la de entender cómo pensamos nosotros mismos. En definitiva, la capacidad de ser conscientes del lugar que ocupamos en el mundo y de cómo tenemos que relacionarnos con él.

Ésa es la habilidad clave. ¿Y cómo se adquiere? Bueno, pues no es fácil decirlo, pero hay una cosa clara: criándose entre algodones y pensando que todo el mundo te debe algo por el mero hecho de existir, no. Ésa no es la manera. Seguro. Así que vayan olvidándose de aquello de»quiero que mi hija tenga todas las facilidades que no tuve yo». Más que nada porque la mejor facilidad que le pueden dar a su hija es estimular su inteligencia. Es decir: fomentar sus habilidades para entender lo que sienten los demás y para entender lo que siente ella misma. Ésa es la verdadera educación; la educación de élite: la única por la que merece la pena pagar.

Y dejen de pensar que porque su hija sea, por ejemplo, compañera de pupitre de una futura princesa (que, por cierto, estudió en la pública) se le a pegar algo o se le van a abrir en el futuro todas las puertas.

1 comments:

Anónimo dijo...

No te parece que la humildad no se estudia ni en los publicos , ni en los colegios privados. El respeto a los padres y hermanos y gente ( en general) se aprende por uno mismo. Mas respeto y menos narcisismo. Y de vez en cuando mirarse al espejo y ver mas alla de la imajen reflejada. Tu no eres mas que nadie.Mal resultado si ves prepotencia. Doy gracias por ser como soy. Creo en dios