
Todo el mundo quiere escoger el mejor colegio para sus hijos. Pero no es fácil. Hay demasiados prejuicios. Que si los privados son para pijos, que si los públicos no enseñan valores, que si los concertados tienen subvenciones… Es todo un pequeño lío y una auténtica pena: porque una decisión tan importante como ésta no debería tomarse a la ligera o basándose sólo en ideas preconcebidas. De hacerlo así, la posibilidad de equivocarse, incluso con las mejores intenciones, se multiplica.
Escoger un buen colegio, o una buena universidad, es trascendental y, sin embargo, no existe una fórmula mágica que garantice el éxito. Pero tampoco eso es tan dramático. Yo, créanme, tuve suerte: fui a un colegio público y, luego, a otro privado; por ese orden; y, después, a una universidad pública y a algunos postgrados privados. Y digo que tuve suerte porque esa periplo me permitió conocer distintos sistemas, compañeros y profesores. Y, la verdad, hubo de todo. Recuerdo profesores excelentes y auténticos estafadores. Conocí sistemas educativos brillantes y otros que, solo siendo generosos, podríamos calificar de tercermundistas; pero de tercermundistas malos. Tuve compañeros estupendos y algún que otro cantamañanas. Y confirmé que la división entre unos y otros nunca pasaba por el tipo de administración de los centros. Nunca tenía nada que ver con que fueran de titularidad pública o privada.
¿De qué depende entonces que un colegio, un instituto o una universidad sean buenos o malos? Yo no lo sé a ciencia cierta. En realidad, creo que nadie lo sabe; influyen demasiadas circunstancias. Pero también es verdad que existe un elemento objetivo que puede ser muy clarificador. Me refiero al mecanismo de elección; quiero decir que la mejor manera para saber cómo debemos escoger un buen colegio es preguntarnos cómo nos está escogiendo él a nosotros. Es una simple cuestión de simetría: dime cómo escoges a los tuyos y te diré cómo te voy a escoger yo a ti.
En cualquier colegio existen cuatro colectivos de personas que son los que, al final, le acaban confiriendo la personalidad al centro. Son los padres, los profesores, los alumnos y la propia administración. Pero ésta última, precisamente porque la acabamos de dividir entre pública o privada, la vamos a dejar fuera de este debate. Y vamos a empezar, entonces, por los padres. ¿Cómo hacen los colegios para escoger a los padres? Bueno, en primer lugar, existe el criterio geográfico. Ya saben: en función de la vecindad. Y no hay que ser muy listos para deducir que, según el tipo de barrio en el que esté instalado un colegio, va a acudir un tipo u otro de familias y éstas van a acabar marcando la personalidad del centro. Creo que todo el mundo lo entiende. Pero el criterio geográfico no es el único. También está, por ejemplo, el económico. Es decir, escoger a los padres en función de sus rentas. Y esto puede hacerse por exceso o por defecto: limitando las rentas máximas o, todo lo contrario, cobrando una mensualidad muy alta que impida acceder a determinadas economías. Tanto en un caso como en el otro, es evidente que se está segmentando a las familias.
Otra cosa es segmentar a los alumnos. Y eso también se puede hacer de muchas maneras. Por ejemplo, por género. O por idioma. O por aptitudes físicas. Pero la forma más evidente de hacerlo es por el expediente académico. En los colegios no se da mucho, pero en los institutos y, sobre todo, en la universidad, sí. Consiste en poner notas de entrada y en exigir un rendimiento determinado. Y aquí también se puede actuar por arriba o por abajo o, incluso, con niveles de exigencia para las familias y para los alumnos totalmente dispares. Por ejemplo, un colegio muy exigente económicamente para las familias pero muy tolerante académicamente para los alumnos; ya saben, el típico colegio caro para niños repetidores. Si usted escoge un centro así, debe tener claro lo que se va a encontrar: niños mal de familias bien. Es de cajón.
¿Y los profesores? ¿Cómo se escoge a los profesores? Bueno, cuando yo hacía BUP en un colegio privado recuerdo cómo algunos de los mejores profesores sacaron oposiciones y se fueron a la pública. Y, en cierta manera, era normal: allí ganaban más, trabajaban menos, disfrutaban de contrato fijo y no tenían que aguantar a un director omnipresente. Claro que la elección también implicaba un esfuerzo: había que sacar una oposición. Y por eso el éxodo no era masivo. Pero lo que nunca vi fue el camino inverso. Es decir, profesores que dejaran la pública para pasar a la privada. ¿Y saben por qué? Porque ni les pagaba más, ni les ofrecía un proyecto educativo seductor ni nada de nada.
Por eso, cuando se planteen qué tipo de colegio quieren escoger para sus hijos, pregúntense antes cómo escoge éste a sus alumnos, a sus profesores y, sobre todo, a ustedes mismos.
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