31 de enero de 2010
28 de enero de 2010
Seis mil empresarios como Pepe’l Ferreiro

Hai setenta y cinco mil paraos n’Asturies. La media de trabayadores por negociu nel nuestru país ta alredor de les doce persones contrataes por empresa. Echando unos númberos rápidos la conclusión ye fácil: precisamos crear unes seis mil y picu empreses nueves pa xenerar empléu pa esos setenta y cinco mil paraos. Dicho d’otra manera: necesitamos seis mil empresarios más n’Asturies; seis mil nuevos emprendedores. Necesitámoslos como’l comer. Eso pamidea ta claro. Pero... ¿Querémoslos? Y, bueno, yo tengo pa min que non; que nun los queremos.
Emprender cualquier actividá tien grandes satisfacciones, pero tamién grandes riesgos. Ún d’ellos, y seique de los peores, ye’l de la ingratitú. El fracasu penalízase n’excesu y cuando una empresa pieslla casi naide lo ve como lo que ye: como una de les dos posibilidaes del riesgu. N’apostando pol riesgu, existe la posibilidá del fracasu y eso nun tien por qué ser, necesariamente, culpa de naide. Pero eso nun ye lo peor. Lo peor ye que n’esti país nuestru, tan particular, tamién penalizamos n’excesu l’éxitu. Y, asina, cuando una empresa triunfa, y llega inclusu a consolidase, somos cicateros a la hora valorar los méritos de los responsables. Nun los reconocemos y miramos namás pa les carencies qu’enseña’l proyectu, pa los defectos qu’arrecostina nes formes y pa les tensiones humanes que xenera alredor. Y nun nos decatamos que, a la hora valorar cualquier actividá humana, nun la podemos comparar col prototipu ideal de la perfección sinon cola verdadera alternativa a la so existencia: la nada. La verdadera alternativa a una empresa o a un proyectu existente nun ye l’ideal de perfección. Ye la nada.
Pepe’l Ferreiru emprendió hai años una aventura imposible: entamar nel occidente asturianu un muséu que caltuviera y enseñara’l so patrimoniu etnográficu irrepetible. Pañar los trastos vieyos, inventariar los oficios tradicionales y sacar la cultura tradicional de la tená pa enseñala nuna sala d’exposiciones viva; ésa yera la so visión. D’aquella naide daba un duru por ello y namás la necedá d’esti emprendedor terminó tresformando un suañu improbable nuna realidá rentable y evidente: el Muséu Etnográficu de Grandas de Salime. Una realidá que xeneró empléu, dinamizó la economía local y algamó superavit na cuenta d’explotación. Pero los defectos pesaron más que les virtudes y, esta selmana, a dos años del so retiru, acaba alcordarse’l so relevu como director. En palabres de la Conseyera de Cultura: “énte la serie de problemes que tan faciendo que funcione mal y l’incumplimientu de les funciones que tou muséu tien encomendaes por llei”.
¡Qué pena, qué desastre, cuánta ingratitú! ¿De verdá que nun podíen haber esperao dos años? En fin: esti ye'l país que tenemos.
27 de enero de 2010
Reñir o no reñir, ésa es la cuestión

Créanme, no es fácil ser jefe. Aparte de otras cosas, el riesgo de ser malinterpretado es muy grande. En la forma y en el fondo. Si, por ejemplo, un empresario explica que la empresa va bien y que el futuro está asegurado, la mayoría de los trabajadores se alegrarán y lo tomarán como un estímulo. Pero siempre va a haber quien se despreocupe, se relaje, o, directamente, decida aumentar sus reivindicaciones laborales: “Ya que sobra el dinero, jefe: ¿A cuanto tocamos...?”
Si, por el contrario, el mismo empresario explica que la empresa va mal, que vienen tiempos duros y que el futuro se presenta negro, la mayoría se esforzará más y aumentará su compromiso. Pero, cuidado, porque siempre habrá alguien que lo considere un jarro de agua fría, una especie de amenaza, un chantaje emocional permanente para seguir oprimiendo al trabajador. O, en definitiva, que lo interprete como un motivo más para desmotivarse: “Total, si esto va a pique, jefe ¿Para qué nos vamos a seguir matando?”.
De hecho, todo este párrafo que acabo de escribir es posible que también se malinterprete. Algunos se considerarán ofendidos, dirán que exagero, que los trabajadores son todos grandes profesionales muy vinculados a sus empresas, que las personas merecen respeto y que la mayoría de la gente sabe reaccionar tanto ante las buenas como ante las malas noticias. Y eso, precisamente eso, es lo que acabo de decir: que la mayoría reacciona bien y que solo unos pocos lo hacen mal. Pero no importa. Da igual cuántas veces se repita la palabra mayoría o cuánto cuidado se ponga en utilizar las formas más educadas y elegantes: solo el hecho de insinuar que puede haber trabajadores aprovechados ya convierte a los empresarios en sospechosos. Y es que ya se sabe: la gente que se dedica a ganar dinero a costa de dar trabajo a los demás no puede ser de fiar, miente más que habla, apuesta de farol y, sobre todo, siempre lleva un as oculto en la manga.
En fin. Dar noticias es complicado. Y dar malas noticias es más complicado todavía. Despedir, por ejemplo, a un trabajador es algo que, por muy bien que se haga, siempre tiene un final triste. Por supuesto, es mucho peor que te despidan. Es infinitamente peor; no vamos a andarnos con tonterías a estas alturas de la película. Está muy claro: entre despedir tú o que te despidan a ti, es mucho mejor lo primero. Pero entre despedir tú o que despida otro ¿Qué es mejor? ¿Qué es más cómodo? ¿Qué preferirían ustedes? ¿Cuántos se presentarían voluntarios para una misión como ésa? Efectivamente: nadie. Nadie quiere asumir una responsabilidad así. Y, sin embargo, muchos empresarios insisten en hacerlo ellos mismos, en comunicar personalmente los despidos, en dar la cara en un momento tan incómodo y desagradable como ése. ¿Por qué? ¿Porque les va la marcha? ¿Porque disfrutan con ello? ¿Porque son unos sádicos sanguinarios? Pues no, evidentemente no. Esa no es la razón. En mi opinión, es una cuestión de responsabilidad. Cuando un empresario se equivoca, o hace mal su trabajo, una de las posibles consecuencias es que las personas que están con él se pueden quedar sin empleo. No es solo que la empresa pierda dinero. No es solo que los propietarios pierdan su inversión. No es solo que el empresario pierda su empleo. Que también. Es que se pueden ir al paro un montón de trabajadores. Y eso, en la mayoría de los casos, es mucho más doloroso que todo lo anterior. Por eso, lo menos que puede hacer un jefe es tener claras las obligaciones de su profesión. Y cumplirlas.
Cualquier despido es un fracaso: es el punto final de un desencuentro. Pero, casi siempre, antes de ese punto y final, hubo otros puntos y seguido. ¿Se pudo haber evitado? ¿Por qué no me avisaste antes? ¿Cómo dejamos que las cosas llegaran hasta aquí? Pues sí, muchas veces, el despido se pudo haber evitado. Y ahí es donde entra la riña del empresario, su capacidad pedagógica, sus dotes de persuasión, su manejo del palo y la zanahoria. El empresario tiene que reñir a los trabajadores, tiene que orientarlos, tiene que liderarlos. Sí, pero ¿Saben lo que pasa? Que a nadie le gusta que le riñan. A nadie le gusta oir lo que está haciendo mal. Todos pedimos información sincera -¿Qué tal lo estoy haciendo? ¿Lo estáis pasando bien? ¿Me hace gorda esta falda?- pero, en realidad, nadie quiere escuchar las malas noticias; sólo queremos escuchar las buenas. Por eso reñir es siempre, siempre, una trampa mortal. Si no reñimos es porque no nos comprometemos lo suficiente. Si reñimos y no nos hacen caso, es porque no insistimos de verdad. Y si reñimos de verdad, somos unos pesados que ejercemos una presión inaceptable. Y es que el problema, el verdadero problema, es que estamos demasiado acostumbrados a que nos obliguen a hacer lo que es bueno para nosotros.
¿O cuando y por qué empezaron ustedes a dejar de fumar en la oficina o a poner el cinturón de seguridad en el coche?
24 de enero de 2010
19 de enero de 2010
Preparaos pa lo peor

El desastre d’Haiti ximielga la nuestres conciencies de manera descomanada. La selmana pasada comentábemos les incomodidaes que suponía una nevadona que torgaba les comunicaciones y enseñaba la nuestra falta previsión o disciplina. Qué lloñe, qué superficial, qué egocéntricu queda too eso agora. Pasen los díes depués del terremotu en Puertu Príncipe y la traxedia de los haitianos dexa pasu a la desesperanza.
El desastre apodrez: nun hai techos, nun hai comida, nun hai melecines, nun hai gobiernu. La voluntá de los ciudadanos y de les alministraciones occidentales d’ayudar a la xente haitiano rescampló dende’l primer momentu. Millones d’euros en donaciones y recursos; medios humanos y materiales. Pero nun basta. Nun basta namás con recaldar cooperantes y fondos; cosa importante otra manera; porque lo decisivo agora ye ser quien a apurrilos al sitiu adecuáu nel momentu adecuáu: a los que lo precisen agora mesmo. Y eso pinta mal, pinta mui mal.
Al desastre de los saqueos, los motines y la violencia de los desesperaos y de los abusones locales, nun podemos sumar agora la pelea de los países y les organizaciones internacionales. Estaos Uníos desembarca diez mil marines pa garantizar la seguridá y Francia y Brasil critiquen qu’eso, más qu’una misión d’ayuda humanitaria, parez una ocupación militar. Faise difícil entendese n’esti llinguaxe de la cosa bélica: nuna guerra como la de Bosnia o Afganistán, dicimos que los soldaos van en “misión humanitaria”; pero nun desastre humanitariu como’l d’Haití, tarrecemos qu’asemeye “una ocupación militar”. En cualquier casu, lo primero nun ye perdese en discusiones inútiles o teóriques. Y; anque la mitá se pierda pel camín y, anque con más tiempu y previsión, la eficacia diba multiplicase; lo fundamental agora ye facer que l’ayuda llegue.
Nun hai gobiernu n’Haití. Nun hai autoridá, nun hai alministración. Y, en momentos como ésti, onde lo decisivo ye tomar decisiones doloroses, échense en falta cabeces visibles y mentes valientes. La decisión que tuvo que tomar hai poco un equipu de rescate español enseña bien a les clares lo enguedeyao de la situación: taben a piques de rescatar una neña d’embaxu los escombros cuando empezó un tirotéu. Pidieron media hora más a los soldaos, namás media hora; pero nun pudo ser: “Vosotros decidís, ye la vuestra vida o la d’ella”. Y, anque resistieron unos minutos más, a lo último tuvieron que marchar. Poques coses pue haber más frustrantes qu’esa: dexar otra víctima más cuando’l rescate empezaba tocase cola punta los deos.
La voluntá d’ayudar nun basta. Ye fundamental, pero nun basta. Y, porque nun podemos echar la culpa a los desesperaos precisamente d’eso: de caer na desesperanza, esti ye’l momentu de l’acción.
13 de enero de 2010
Los abusones

Esto de la libertad está muy bien. Entre otras cosas, es la libertad la que me permite a mí escribir estos artículos con mejor o peor acierto. Y es la libertad la que les permite a ustedes leerlos y disfrutar de ellos. O pasar de página. Pero, vamos, no se tomen esto de pasar de página al pie de la letra y sigan, sigan leyendo que hoy vamos a ponernos un poco incorrectos, políticamente hablando, y vamos a hablar de explotación laboral, de malos tratos, de prostitución y de trabajo infantil.
En mi humilde opinión, que los niños trabajen no es malo. Que hagan sus deberes, ayuden en las tareas de la casa o que, incluso, colaboren aportando algo a la economía familiar, me parece una enseñanza impagable. Trabajar les ayuda a entender mejor el mundo de los adultos, el valor de las cosas y la recompensa que hay detrás de cualquier esfuerzo. Además, muchos trabajos, por lo menos en periodos cortos de tiempo, son como un juego. Que un niño limpie las botas manchadas de barro no es malo. Que lo haga por obligación es lógico; porque por gusto no lo va a hacer. Que ese trabajo le impida hacer otras cosas es un problema de proporciones: si le impide ver la tele, no pasa nada; si le impide ir al cole es una tragedia. Pero si al niño se le obliga a trabajar precisamente para evitar que vaya al cole (como les pasa, por ejemplo, a muchas niñas afganas) la tragedia es doble. Por eso creo que el problema no está tanto en el tipo de trabajo que desarrollen los niños, como en las razones por las que desarrollan ese trabajo y en las consecuencias, a largo plazo, que pueda acarrearles esa decisión. Y por eso digo que el trabajo infantil no es el problema: el verdadero problema está en la explotación infantil; en la explotación de cualquier tipo.
Con la prostitución pasa algo parecido. Cuando es una actividad consentida entre adultos responsables, nos puede resultar más o menos simpática, pero no creo que suponga ninguna tragedia. La tragedia es cuando esa decisión no está tomada libremente. Cuando afecta a menores de edad. Cuando es la única salida a la miseria. Cuando es el único pago posible a una deuda mafiosa y abusiva. Cuando, en definitiva, es consecuencia de una explotación. Es decir, de un abuso: ese es el problema.
Centrar los problemas no es un ejercicio ocioso; no es un juego de palabras. Saber dónde está el mal ayuda a localizar mejor el remedio. Y a no dejarse engañar por las apariencias. Todos, con los años, acabamos siendo más tolerantes con algunas cosas y mucho más intolerantes con otras. Es una evolución normal, general, comprensible, positiva incluso. Pero cuidado, porque hay algunas contradicciones en este proceso en las que no deberíamos caer. Por ejemplo: hace cincuenta años, éramos mucho más intolerantes con el adulterio. Lo considerábamos un delito y no de los menores: sus consecuencias podían ser tremendas, sobretodo en el caso de que las “culpables” (ya me entienden) fueran mujeres. En cualquier caso, hoy, las cosas son de otra manera. Hoy las cuestiones sobre aventuras extramatrimoniales, infidelidades amorosas y devaneos más o menos permanentes, se miran con otros ojos; ya no son un asunto público. Ahora se ven como un asunto privado, un problema doméstico, una cuestión particular en la que nadie debe entrometerse. Justo lo contrario de lo que hacemos con los malos tratos. Antes, los malos tratos eran un asunto privado, una cuestión particular, un problema interno en el que nadie tenía que entrometerse. Ahora no. Ahora los malos tratos dentro de la familia se consideran un delito público. Un delito muy grave; de los que están peor vistos y generan más alarma social. Sobretodo si las víctimas (sin comillas ni malentendidos) son mujeres.
Nunca me gustaron los abusones. Nunca los aguanté y creo que son uno de los grandes males de la humanidad. Los hay a gran escala (los tiranos) y los hay a pequeña escala (los mierdas). Y, a veces, no se sabe cuáles son peores. Recuerdo un profesor que nos explicaba, en clase de historia, cómo una de las consecuencias más perversas de las grandes tiranías consistía, precisamente, en provocar la aparición de pequeños mierdas. Él no utilizaba exactamente esa palabra pero, vamos, venía a decirnos lo mismo: que las grandes dictaduras siempre acaban provocando pequeñas tiranos a nivel doméstico. Lo bueno es que también nos decía que podía pasar al revés: que una sociedad sana y civilizada que no aceptaba ni el chantaje ni el abuso como formas de actuación diaria, nunca asumía la tiranía como forma de gobierno. Por eso la libertad es tan importante; por eso tenemos que hacer un buen uso de ella; y por eso no vale echar la culpa siempre a los que están arriba: porque somos nosotros, todos y cada uno de nosotros, los que los dejamos subir ahí.
Y porque somos nosotros, con nuestro comportamiento, los que les enseñamos hasta dónde pueden llegar.
10 de enero de 2010
8 de enero de 2010
La decisión de Valledor

Nun ta claro lo que vaiga facer Francisco Javier Valledor, l’ex diputáu d’Izquierda Xunida recién dimitíu, nes elecciones vinientes. Pero la historia ye necia, mui necia, y ye probable que veamos cómo se vuelven repetir esquemes pasaos. A saber: a últimos de los ochenta Xuan Xosé Sánchez Vicente abandonó les llistes del PSOE y fundó’l Partíu Asturianista. A últimos de los noventa Sergio Marqués abandonó les files del PP y fundó la Unión Renovadora. Y, agora, a últimos d’esta década qu’acaba, Javier Valledor abandona les files d’Izquierda Xunida y... Efectivamente, nun sabemos si va fundar o non una opción política propia. Pero queden quince meses pa les autonómiques y nun ye gota descartable que valore presentase como cabeza de cartel d’una opción asturianista y d’isquierdes. La bona noticia, pa él, ye que, de facelo, nun va necesitar fundar un partíu nuevu: hai sigles abondo nel actual panorama políticu qu’ofrece-y. Y la mala noticia, pa él, ye que los precedentes nun ayuden a albidra-y un futuru provechosu.
Sánchez Vicente consiguió caltener un diputáu dos lexislatures; pero lleva tres ensin ser a repetir. Sergio Marqués algamó tres diputaos una lexislatura; pero lleva dos ensin repetir tampoco. Nun dicimos que seya un problema namás d’ellos. Lo que queremos dicir ye que cuesta; que cuesta muncho; facese un buecu nes estructures politiques, ya bien consolidaes, del país. Y que Valledor, si se decide, va camín de repetir trayectoria, esmolecimientu y resultaos. A nun ser, claro, que cambie completamente los esquemes d’actuación y nun se resigne a siguir los caminos andaos por otros sabiendo de sobra ónde van acabar.
Sánchez Vicente y Sergio Marqués tardaron demasiao en decatase que teníen que dir xuntos. Pero ya yera tarde. Valledor, agora, seguramente nin se plantea xuntase con ellos. Y pa cuando lo faiga, de xuru tamién va ser tarde; demasiao tarde. Hai años, una opción asturiana que contara coles figures d’un ex presidente del PP, un ex diputáu del PSOE y un ex conseyeru d’Izquierda Xunida; entrambos los tres con experiencia parlamentaria y de gobiernu; podía enseñar una fuerza tremenda. Diba ser una xuntura contra-natura y difícil de xestionar. Sí: mui contra-natura y mui difícil de xestionar. Pero esa dificultá bien podía considerase tamién la so mayor fortaleza; si estos señores son a ponese d’alcuerdu, igual pagaba la pena atender pa lo que nos tan diciendo.
Naide dixo que consolidar una opción asturiana en política fuera fácil. Pero si nun s’echa tola carne nel asador, ya ye, directamente, imposible. Por eso, o l’asturianismu apuesta por caminos nuevos pa llegar a sitios nuevos o, de siguir con tantes divisiones como siempre, nunca va llegar a nada.
3 de enero de 2010
Eso que llaman fracasos empresariales

Pues sí, para qué nos vamos a engañar: que el presidente de la patronal española suspenda pagos en su empresa y tenga que cerrarla por embargo judicial no es un asunto cómodo. Es más bien un desastre, un evidente contrasentido que plantea la gran pregunta: ¿Puede un empresario que fracasa en su propia empresa triunfar como representante del resto de los empresarios?
Hombre, la pregunta no es fácil y, visto con perspectiva, puede que algo ya estemos avanzando. Lo digo porque al anterior presidente de la CEOE, al señor Cuevas, se le reprochaba, directamente, que no tenía ninguna empresa. Ni triunfante ni fracasada. Y, por el contrario, al actual presidente, al señor Díaz Ferrán, sólo se le reprocha que haya tenido que cerrar una de las suyas, Air Comet; con lo que, de momento, le quedan otras. Concedámosle, entonces, el beneficio de la duda.
En cualquier caso, frivolidades aparte, la decisión última sobre si el señor Ferrán debe seguir o no al frente de la CEOE corresponde únicamente a los empresarios que lo eligieron. A nadie más. Y, en este sentido, conviene recordar que no existe, ni debería existir, ningún requisito formal que impida que un empresario que esté en concurso de acreedores pueda ejercer un cargo institucional. Lo repito por si hay dudas: suspender pagos, o entrar en concurso de acreedores, no es ningún delito. Es más, fracasar en los negocios es uno de los factores que define el oficio de empresario. Ser empresario implica apostar por el riesgo y, cuando existe un riesgo, puede haber un fracaso. La posibilidad del fracaso es, por lo tanto, inherente al propio riesgo: si el éxito fuera seguro, el riesgo dejaría de ser riesgo. Y seríamos, por lo tanto, muy hipócritas si aceptáramos, e incluso aplaudiéramos, el riesgo como virtud profesional pero renegáramos del fracaso. El problema es que es eso, precisamente eso, lo que están haciendo muchas personas en todo este asunto.
Exigir la dimisión de un empresario, o su inhabilitación total para ejercer cargos públicos, solo por haber suspendido pagos; es decir, por haber fracasado en su actividad profesional; está completamente fuera de lugar. La presidencia de la CEOE, conviene recordarlo en momentos como éste, no es ningún cargo público. Lo que no quiere decir que no tenga una gran incidencia social. Ya saben ustedes: es eso que llamamos sociedad civil. Sí, hombre sí; les tiene que sonar: es eso de lo que todo el mundo habla para decir que tiene que ser muy importante y muy fuerte pero que, en cuanto asoma la cabeza y se muestra un poco independiente, a todos molesta y todos se la quieren cargar. Por eso, en nombre de la sociedad civil, vuelvo a repetir que la permanencia o no del señor Díaz Ferrán en su puesto es algo que sólo compete a él y a los empresarios que lo eligieron. A nadie más. Y, dicho esto, paso a darles mi opinión particular; como empresario que soy, lo confieso; sobre este tema: creo que el señor Ferrán debería dimitir ya mismo como presidente de la CEOE. Con naturalidad pero sin demora. Pero ya. No sé a qué está esperando. No lo entiendo. Y a lo mejor es porque tengo un concepto muy utilitario de la representación institucional: en mi opinión, es la persona la que sirve al cargo, y no al revés. Y por eso creo que el señor Ferrán, en las circunstancias actuales, está haciendo un flaco favor a su propia institución permaneciendo al frente de ella.
Setecientos y pico trabajadores de Air Comet se van al paro. De golpe. Y ocho mil y pico pasajeros se quedan con su billete pero sin avión. La cosa es seria. Y los disgustos y reproches entre todos los implicados no hicieron más que empezar. Es inevitable: hay muchas vidas y haciendas en juego. Vienen momentos de tensión. Y por eso creo que el señor Ferrán debería concentrar todas sus energías en solucionar los muchos retos que se le vienen encima, igual que la CEOE debería concentrar todos sus esfuerzos en diseñar la mejor salida posible de la crisis económica. No hay tiempo para todo y llega el momento de tomar decisiones valientes y ser consecuentes. Los empresarios no podemos seguir hablando de flexibilizar el empleo y, al mismo tiempo, blindarnos de manera irracional en nuestros cómodos sillones institucionales. No es coherente. Igual que no podemos abogar por el libre comercio y, al mismo tiempo, exigir medidas proteccionistas frente a los tomates marroquíes. O dejar de denunciar que los precios de algunos alimentos se siguen multiplicando por cien entre lo que cobra el agricultor y lo que paga el consumidor final. O seguir permitiendo las increíbles trabas burocráticas que nos ponen para darnos de baja en cualquier compañía telefónica, que son inversamente proporcionales a las facilidades que nos conceden para darnos de alta. Coherencia, eso es lo que hace falta a los empresarios ahora.
Y no hay mejor coherencia que la que empieza por uno mismo.
1 de enero de 2010
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