
Yo, a lo mío: a intentar demostrarles que mandar es más difícil de lo que parece. Obedecer también, no lo discuto. Pero, créanme, ser jefe es bastante más complicado de lo que la mayoría piensa. Les pongo un par de ejemplos: esta semana se acaban de constituir nuestros ayuntamientos, 78 en Asturies y 8.000 en España, y se empiezan a desmontar también la mayoría de los campamentos del movimiento 15-M, ya saben, los indignados de la Puerta del Sol y otras ciudades. Bueno, pues, en los dos casos, hay experiencias muy interesantes que demuestran lo complicado que resulta mandar y que confirman, en mi opinión, cómo las mejores intenciones pueden acabar donde nadie lo espera precisamente por eso, por falta de liderazgo. No porque alguien las manipula y las lleva por malos pasos. No. Sino, precisamente, por todo lo contrario, porque nadie lo hace, porque nadie sabe, quiere o puede conducirlas a buen puerto. Por eso naufragan. O, por lo menos, eso pienso yo.
Imagínense. Nos reunimos en una plaza miles, cientos, decenas o, simplemente, un grupo de personas. Todos estamos de acuerdo en que nadie nos manipula, en que lo nuestro es un movimiento espontáneo, horizontal, ciudadano y muy democrático. Y la cosa funciona porque, mientras se trata de ir contra algo, paradójicamente, todos estamos a favor. Todos estamos a favor de estar en contra de lo mucho que ganan los ricos y lo poco que ganamos nosotros, de lo inútiles que son nuestros políticos aunque seamos nosotros quienes los elegimos y, sobre todo, de lo difícil que es conseguir un trabajo digno, con el que contratar una hipoteca digna, con la que pagar una vivienda digna y con la que llevar una vida digna. Así que nos indignamos mucho, plantamos nuestras tiendas y empezamos a convocar asambleas y a redactar manifiestos y ahí es donde empiezan nuestras primeras decisiones difíciles.
No nos gusta lo que dicen de nosotros los medios de comunicación. No nos apetece que otros interpreten lo que nosotros pensamos. No nos convence, en definitiva, que nadie hable por nuestra boca. Porque ahora los jefes somos nosotros y no queremos que nos malinterpreten. Así que decidimos tomar las riendas y designar unos portavoces. Sí. Eso es lo que tenemos que hacer: necesitamos unos portavoces que expresen, de verdad, lo que sentimos y lo que queremos. Eso estaría muy bien, no hay duda, tenemos que hacerlo. El problema es que como somos un movimiento muy horizontal y muy democrático y muy espontáneo ¿a quiénes ponemos de portavoces? y sobre todo ¿cómo los nombramos? ¿con qué autoridad los elegimos? ¿qué funciones les asignamos? Y aquí es donde afloran las contradicciones, porque, al tener que poner normas y al tener que hacerlas respetar, por ejemplo, obligando a callar a todos lo que no estén autorizados, le estamos poniendo puertas a nuestro propio campo, le estamos quitando espontaneidad a nuestro movimiento cívico y, en resumen, estamos entrando en el mismo sistema de jerarquías que, hasta hace cuatro días, tanto criticábamos.
Y entonces empieza la parte más difícil de mandar: la de decidir qué cosas tenemos que hacer en contra de las mismas personas a las que estamos sirviendo. Sí, lo oyeron bien, es así de contradictorio: se trata de interpretar los deseos de la gente pero sin dejarse confundir por sus caprichos. Se trata, muchas veces, de llevarles la contraria. Se trata de poner orden: orden en nuestras propias ideas, orden en nuestras propias prioridades y orden en las prioridades de aquellos que nos otorgaron su confianza. Y, así, se trata de no confundir nunca nuestros propios caprichos con los deseos de los demás. Eso es lo más importante: no anteponer nunca nuestros propios objetivos a los objetivos comunes. Y, una vez hecho esto, una vez puestas en orden nuestras ideas y nuestras prioridades, es mucho más fácil no anteponer tampoco nunca los caprichos de ningún tercero a los objetivos comunes. Y eso es el liderazgo. Eso es poner orden. Y eso es lo que, en mi opinión, falló en las acampadas de los indignados del 15-M. Por eso las cosas no acabaron de avanzar, por eso los mismos indignados empezaron a pedir paciencia y por eso, entre muchas otras cosas, el círculo acabó reduciéndose y cerrándose en sí mismo, porque cuando un movimiento de indignados pide paciencia es que las contradicciones ya empiezan a afectar al disco duro de todo el asunto.
Y, a lo mejor, por eso la primera decisión que toman los ayuntamientos cuando se constituyen es precisamente la elección del alcalde y la segunda ¿lo adivinan? pues sí, el nombramiento de los portavoces.
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