
Si su hija de seis años les dice que, de mayor, quiere dedicarse a lo mismo que se dedican ustedes ahora… ustedes ¿Qué le responderían? Bueno, la mayoría le dirían que lo decisivo es que ella sea en el futuro lo que quiera ser, que lo importante es que sea muy feliz y que, en definitiva, esa es una decisión muy importante que habrá que tomar cuando llegue el momento. Y tendrán razón en las tres cosas. Pero todo eso ya lo sabíamos antes de preguntarlo y por eso yo insisto y vuelvo a interesarme por lo que ustedes están haciendo ahora mismo para conseguirlo. Es decir, por todo lo que están haciendo para que su hija pueda decidir en el futuro por sí misma, para que pueda saber con conocimiento de causa qué es lo que realmente quiere ser y para que pueda conseguir, en definitiva, que esa y otras decisiones que tome en su vida, la hagan razonablemente feliz.
Y, en ese sentido, hay una cosa que los padres tenemos muy cerca y no hacemos suficientemente. La mayoría de los padres seguimos insistiendo en no explicar a nuestros hijos qué es lo que hacemos nosotros para ganarnos la vida; en no contarles en qué consisten nuestros oficios o, dicho en otras palabras, en no decirles abiertamente a qué nos dedicamos la mayor parte del día. Y eso es un gran error porque la información honesta y sincera nunca hizo daño a nadie; porque el respeto y el aprecio siempre nacieron del conocimiento de las cosas; y porque ser conscientes de la realidad jamás limitó la libertad de decisión de nadie. Todo lo contrario: siempre la amplió.
Empeñarnos en que nuestra hija de seis años, o nuestro hijo, siga haciendo en el futuro lo mismo que nosotros estamos haciendo ahora es una tontería y una perdida de tiempo. Bueno, y pretender que haga exactamente lo contrario también lo es. Pero explicar a nuestras hijas qué es lo que hacemos nosotros para ganarnos la vida, o qué es lo que hicieron sus otros familiares, o qué es lo que hacen los padres de sus amigas, o qué es lo que hicieron sus abuelos de una parte y de la otra y de todas las generaciones anteriores, es casi nuestra obligación. Es una manera de hacerles poner los pies en la tierra. Es explicarles de dónde vienen las cosas y cómo se construyen los sueños. Es demostrarles que el único sitio en el que la recompensa viene antes del trabajo es el diccionario. Es revestir de dignidad cualquier oficio. Es dar argumentos sólidos para que cualquier decisión futura sea fundamentada y consciente. Y es, por lo tanto, otra manera de formar ciudadanas realmente libres y útiles a la sociedad en la que van a vivir.
Lo más interesante es que en todas las familias hubo, hay y habrá de todo; ya saben, “en toles cases cuecen fabes”; y por eso mismo yo insisto tanto en que una información amplia y objetiva nos puede ayudar mejor que nada a eliminar cualquier prejuicio, a ampliar nuestros horizontes y a tomar nuestras propias decisiones con más conocimiento de causa. Saber que en nuestra propia casa, entre nuestras propias paredes y con nuestro propio apellido, hubo y hay de todo nos puede ayudar mejor que nada a entender que nada está predeterminado, que nuestro futuro depende de nosotros mismos y que el saber nunca ocupa lugar. Nunca. Ocupa, eso sí, mucho tiempo y esfuerzo y siempre trae su recompensa. Y por todo eso mi hija de seis años debería conocer (y ya me encargaré yo de que sea así) que entre sus parientes hubo y hay marineros, soldados, maestras, dependientes de comercio, obreros, amas de casa, campesinas, ganaderos, rentistas, vividores, sopladores de vidrio, sopladores de gaita, mineros, más mineros, empresarios, bomberos, camareras y un montón de cosas más entre las que, por cierto, no incluyo a los antepasados de mi mujer porque tendría que empezar con la aristocracia y los apellidos largos y a estas alturas me da no sé qué.
Pero, en fin, que lo que quiero decir es que en mi familia hubo y hay de todo, igual que en todas las familias, y que creo que es muy importante que lo sepamos y que lo contemos en casa y que, de esa manera, consigamos que nuestras hijas sean conscientes de ello, lo asuman y lo entiendan de verdad y que, entonces, en el futuro, puedan tomar sus propias decisiones con mayor libertad y más conocimiento de causa y menos prejuicios. Y, bueno, todo eso y que acabo de aterrizar ahora mismo de una visita a una empresa alemana, del sector metal mecánico, de unos trescientos trabajadores, que tienen permanentemente en plantilla a unos treinta aprendices (el diez por ciento del total) que, por unos trescientos euros al mes, se pasan cuatro días completos a la semana (el quinto vuelven a la escuela) durante tres años enteros trabajando en todos y cada uno de los departamentos de la compañía. Y que es entonces, y solo entonces, cuando, con conocimiento de causa, todos ellos; incluidos los empresarios; empiezan a saber dónde, cómo y por qué quieren seguir trabajando.
O, como le digo yo siempre a mi hija: ¿Cómo se aprenden las cosas? Practicando.
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