27 de julio de 2011

No lo sé y sí me importa



No sé lo que mi hija va a ser de mayor. No lo sé. Ella tampoco, claro; pero, como solo tiene seis años, está disculpada. Por mi parte, supongo que como cualquiera, voy a hacer por darle toda la educación que pueda, voy a proporcionarle todo el mundo que quiera y voy a transmitirle los mejores valores que sea capaz. Y voy a intentar hacerlo de la mejor manera posible; en realidad, casi de la única forma posible, es decir, predicando con el ejemplo. No tengo más remedio; bueno, y ustedes tampoco, desengáñense: aquello de «haz lo que digo, no lo que hago» no funciona nunca.
Educar es siempre una cuestión de equilibrio. Tiene que haber supervisión, tutoría y disciplina. Sí, por supuesto que sí. Pero también tiene que haber espacio para el riesgo, el error, el esfuerzo y la recompensa. Y cada cosa en su justa medida. No es fácil; no es nada fácil, insisto. Es un poco como lo de enseñar a otro a andar en bicicleta. No hay ninguna regla fija. Hay que mantener bien sujeto el sillín y, a la vez, hay que dejar que el novato se impulse él solo con los pedales. Hay que darle velocidad para que se mantenga de pie, pero sin pasarse; para evitar que pierda el control y se estrelle. Y hay que darle la posibilidad de equivocarse y de estrellarse, pero sin que coja demasiado miedo y termine por tirar la toalla. Y hay que ver lo difícil que es todo.
Sí, hombre, sí; es todo muy complicado. En cualquier aprendizaje, en el ciclismo o en la vida, el riesgo, el fracaso y el esfuerzo son necesarios; son, incluso, imprescindibles. Y, sin embargo, nosotros, cargados de buenas intenciones, nos empeñamos en evitarlos. Craso error en el que caemos una y otra vez. Hace tiempo me contaron la historia de un entomólogo, ya saben: un aficionado a los insectos. Era un señor que criaba, con mucho mimo, mariposas en casa. Un día, después de semanas y semanas de crecimiento y de metamorfosis, observó cómo, por fin, las larvas se esforzaban desesperadamente por salir del capullo. Y entonces intentó ayudarlas. Con el bisturí hizo unos cortes muy precisos en el caparazón y consiguió que, efectivamente, las nuevas mariposas salieran antes y desplegaran orgullosas sus alas. Pero algo iba mal: por alguna extraña razón ninguna de ellas podía volar. El entomólogo aficionado llamó entonces a sus colegas y descubrió que la culpa había sido suya, de su exceso de protección. Y comprobó horrorizado que era precisamente en el esfuerzo desesperado de romper el capullo cuando las alas se dotaban de la fuerza suficiente para cumplir su futura función. Haberles facilitado el camino y haberles evitado ese sufrimiento era lo que había privado a aquellas mariposas de su fortaleza y de su recompensa posterior.
Con los países y las sociedades pasa un poco igual. Vivir demasiados años del cuento, de la subvención, de las prejubilaciones, de los fondos comunitarios o de la picaresca socialmente admitida puede que sea muy cómodo y muy práctico y muy resultón. Pero es un auténtico desastre para todo el mundo. Es un despropósito, entre otras cosas, porque nos priva de la tensión necesaria que nos va a dar fuerzas en el futuro; nos impide avanzar por nosotros mismos; no nos permite volar, y nos condena a la resignación y al victimismo. Y a ver: yo no soy de los que pienso que el sufrimiento nos santifica, que la letra con sangre entra, que el que se mueve no sale en la foto, ni que éste sea un valle de lágrimas al que venimos a penar. No, hombre, no; tampoco es eso. Pero sí creo que tiene que haber una coherencia entre el esfuerzo y la recompensa, entre el reto y el resultado, entre los medios y los fines. Es más, no es que crea que la tiene que haber. No. Es que estoy convencido de que la hay. Estoy convencido de que la recompensa siempre viene detrás del esfuerzo. Siempre. (Bueno, a lo mejor, en el diccionario no, lo admito). Creo que a mayor esfuerzo, por lo tanto, mayor recompensa. Y opino que privar a alguien de la posibilidad de esforzarse (sea un ciclista, una niña, un gremio o un país) es privarle de la posibilidad de obtener su recompensa. Es más: es privarle de la recompensa misma. Por eso creo en la democracia como sistema.
Creo en la democracia liberal porque estoy convencido de que la mejor organización de la sociedad es la que nos proporciona a todos unas reglas de convivencia claras e iguales, nos exige un trabajo duro y constante y nos permite un futuro abierto e incierto para cada uno de nosotros. Y por eso no sé lo que va a ser mi hija de mayor. Ni mi hijo. Ni quiero saberlo. Aunque sí me importe y mucho. Pero les aseguro una cosa. Les aseguro que si mi hija quiere ser jefa me parecerá bien y lo único que intentaré es dejarle clara una cosa, una cosa nada más: me gustaría que mi hija entendiera bien que para ser jefa hay que servir, que la palabra 'servir' es la clave y que servir significa, sobre todo, servir a los demás.
Y, entonces, que sea ella la que se esfuerce en romper su propio caparazón.
Y a volar.