24 de agosto de 2011

Asturianos, españoles y europeos


Asturianos, españoles y europeos: eso es lo que somos. Y puede que, a más de uno, esta triple condición le suponga algún problema. A mí no, la verdad. Es más: a mí lo que me supone un problema es todo lo contrario: que alguien pretenda imponerme que, para ser una cosa, tenga que renunciar a ser la otra, que tenemos tres identidades excluyentes o que es imprescindible, en definitiva, establecer prioridades y escoger entre ellas.
Pues no; por ahí no paso. Y no se crean; sucede más a menudo de lo que parece: hay muchísima gente empeñada en que decidamos si queremos más a papá o a mamá; en que escojamos si somos más españoles, más asturianos o más europeos; o en que, por ejemplo, hagamos un hueco en la cabeza y olvidemos, de una vez por todas, el asturiano para poder dejar sitio al inglés.
Pues no hombre no. De eso nada. Conmigo que no cuenten. Si alguien me dice que, para ser asturiano, tengo que dejar de ser europeo o español, que lo vaya olvidando. Si alguien pretende que, para ser español, tengo que dejar de ser asturiano o europeo, se equivoca de persona. Y, como no hay dos sin tres, si alguien insiste en que, para ser europeo, tengo que dejar de ser español o asturiano, pues que lo empiece a apuntar todo en la misma barra de hielo.
Llevo muchos años pensando, escribiendo y actuando sobre todos estos temas de la adhesión colectiva y les aseguro que lo nuestro de la triple identidad no es ningún juego de palabras. No es ninguna suma de cromos que pueda engordarse hacia arriba con la identidad de planeta, sistema solar, galaxia y universo. Ni responde a una obsesión clasificatoria que pueda reducirse al absurdo incorporándole la identidad de concejo, parroquia, villa, barrio, portal, escalera y descansillo. No.
Asumir una identidad triple como la nuestra, asturiana, española y europea, no es un problema de comodidad ni es una salida fácil o una cuestión de medias tintas. En realidad es todo lo contrario. Es, seguramente, el camino más difícil de todos los posibles, el que exige más esfuerzo y el que necesita más tolerancia y más conocimiento de lo que fuimos y de lo que queremos ser.
Pero es el único realista. Y lo es, en mi opinión, porque es el que mejor se adapta a una realidad tan particular y tan compleja como la nuestra. Aunque, bueno, lo cierto es que no es una realidad tan particular ni tan compleja, sobre todo si la comparamos con otras mucho peores del mundo mundial. Pero, eso sí, les aseguro que es la nuestra.
Y, llegados a este punto, entiendo que muchos de ustedes se pregunten si todo esto de las identidades colectivas sirve para algo. Y yo puedo empezar respondiéndoles que, de momento, a mí me sirvió para aprender idiomas. Así, como quien no quiere la cosa, yo tengo el privilegio de saber hablar, leer y escribir en las tres lenguas que podemos considerar nuestras: asturiano, español e inglés. Y les aseguro, sobre todo a los más escépticos, que nunca tuve que hacer un hueco con un idioma para poder meter el otro.
Y, además, los tres idiomas me valieron para conocer mucha gente y muchas realidades y para viajar mucho. Porque viajé mucho y, por cierto, les tengo que decir que el nacionalismo, ninguno de los tres nacionalismos: ni el asturiano, ni el español, ni el europeo, se me curó viajando. A lo mejor porque aquello que decía Unamuno que se curaba viajando, en su famosa cita tantas veces repetida, no era el nacionalismo: era el provincianismo. Y en eso sí que estoy de acuerdo: con él y con su cita.
Pero todo esto, siendo importante, no es decisivo. Lo decisivo de los sentimientos de identidad colectiva es que son los que nos permiten vivir juntos y avanzar. Son los que nos facilitan conocernos y proyectarnos mejor. Y son los que nos capacitan para poder crear obras para nosotros mismos y para los demás. Son la civilización. Y nada de esto se puede imponer a nadie, ni se le puede quitar. Ni en un sentido, ni en el otro. Ni queriendo, ni sin querer.
Y ésa es la buena noticia: que aquí tampoco se puede conseguir lo que pretendía aquel inquebrantable demócrata ferrolano, Don Francisco Franco Bahamonde, cuando escribía a su novia adolescente diciéndole: 'señorita, le ordeno que me quiera'. No hombre no, esto tampoco funciona así. Las identidades comunes, las adhesiones colectivas, las lenguas de uso, el cariño verdadero y tantas y tantas cosas, no se pueden imponer ni se deben impedir.
Y si se imponen, se impiden o se compran, entonces, señores, no estamos hablando de cariño: estamos hablando de otra cosa.