Gestionar la cosa pública no es fácil. Cuadrar las cuentas comunes y llevar los dineros de los otros es bastante más complicado de lo que parece. La democracia es lo que tiene: que todos queremos listas muy abiertas, instituciones muy participativas y reparto muy proporcional de responsabilidades y, a la vez, y como si no fuera contradictorio con todo lo anterior, queremos que los políticos no nos aburran con sus discusiones. Pues va a ser que no. Y no solo eso: va a ser que vamos a tener que aguantar a los gestores de lo ajeno mucho tiempo más. Porque, con esta pesadez de crisis económica de la que no acabamos de salir, lo que necesitamos en los próximos años es precisamente todo lo contrario a la tranquilidad. Necesitamos más liderazgo político, más implicación de los ciudadanos, más lío para los periodistas y más trabajo para todo el mundo. Sobre todo más trabajo para los que no lo tienen: eso es lo que necesitamos de verdad.
Esta mañana estaba yo cortando leña con la motosierra (las hormigas es lo que tenemos, que nos preparamos ahora para el invierno) y se me ocurrieron un montón de metáforas sobre la tranquilidad, los políticos, el rigor y las cuentas públicas. Que si las cigarras, que si prepararse para el invierno, que si trabajar en equipo, que si tener las cuentas claras en el hormiguero, que si cortar por lo sano. Pero, bueno, seguro que son metáforas muy parecidas a las que se les ocurren a muchos americanos cuando asisten a las discusiones interminables entre demócratas y republicanos para elevar el techo de su deuda pública y que, al no conseguir un acuerdo rápido, están teniendo como efecto principal la pérdida de confianza mundial en el dólar y, de rebote, un agravamiento de la crisis mundial. Vamos, como para no pensar en motosierras... En cualquier caso, no hay que ponerse dramáticos y hay que ser conscientes que muchos de los que se escandalizan ahora por esta guerra estéril es probable que apoyaran antes con su voto el equilibrio inestable de fuerzas que la está posibilitando. Y no les culpo. El voto es libre y, de la misma manera que tiene motivaciones muy diversas, puede tener también efectos completamente inesperados.
Hace pocos meses, tuvimos en España elecciones autonómicas y locales. Y con los cambios de gobierno estamos descubriendo ahora un montón de cosas que antes no sabíamos. Vamos, sobre todo deudas. O, para decirlo en terminología más precisa, los nuevos gobernantes están descubriendo ahora facturas admitidas por los antiguos, pero no incluidas en ningún presupuesto anual. Y, cuidado, que no estamos hablando de cantidades menores. No. Para que se hagan una idea: en el caso de nuestro país, en el caso asturiano, estamos hablando de doscientos once millones de euros. Sí, sí, lo oyeron bien: doscientos once millones de euros que, efectivamente, son muchos millones. Y frente al anuncio de este descubrimiento, que no se puede calificar de inesperado ni de casual, la pregunta es si los nuevos gobernantes van a aumentar o a disminuir la confianza en nuestras instituciones. Y, bueno, yo soy de los que pienso que la van a aumentar. Pero no porque sean más guapos. Que no (y a los carteles electorales me remito). Sino porque creo que, aunque sirvan para dar malas noticias, la sinceridad y la transparencia son fundamentales para generar tranquilidad. Es más, opino que son imprescindibles. Y estoy convencido de que, si vienen acompañadas del rigor y de la eficacia, ya no hay agencia internacional de calificación del riesgo que se nos resista. Aunque, bueno, en esto último igual se me fue un poco la mano.
Sea como sea, dentro de poco vamos a tener elecciones generales y nos vamos a volver a enfrentar otra vez al mismo dilema. Sí, hombre, sí; ya saben: a quién, por qué y para qué votamos; a quién encargamos formar gobierno, y, lo que es más importante, cómo lo controlamos luego. Vamos, lo de siempre. Pero con una novedad muy significativa en nuestro caso. Porque resulta que nosotros, los asturianos, tenemos delante la posibilidad de contar con un grupo parlamentario propio en Madrid. O con un grupo de diputados en el Parlamento español pertenecientes a un partido asturiano. Cosa que, como digo, nunca había sido posible hasta ahora. O, bueno, posible sí; pero probable no. Y esta probabilidad, a la que no estamos acostumbrados, es la que nos va a enfrentar a la necesidad de pensar qué tipo de equilibrios parlamentarios queremos, quién nos va a gestionar mejor nuestras cosas, qué van a hacer con nuestros dineros y cómo podemos orientar de manera inteligente nuestro voto. O, para ser más precisos, cómo podemos hacer para que orienten bien el voto aquellos a los que votamos.
Pero, vamos, tampoco es tan difícil y, si les parece, lo seguimos comentando en las próximas semanas.
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