
Durante demasiados años, el asturianismo se mantuvo alejado de la política, pero eso, como tantas otras cosas en nuestro país, está empezando a cambiar. Para bien. Durante demasiados años, creímos que el asturianismo no debía politizarse y que ése era el problema principal; el error que había que evitar. Ya saben: cuando la política entra en cualquier actividad termina por contaminarlo todo. Todo acaba teñido de intereses ocultos, de luchas por el sillón, de sectarismos excluyentes... Por eso es mejor mantener alejado la promoción de lo asturiano de cualquier lucha política, de cualquier pelea partidaria, de cualquier ambición de poder. Eso es lo que nos hicieron creer -y lo que muchos de nosotros creímos- y ahora, después de tres décadas, sabemos que estábamos completamente equivocados.
Ahora sabemos que el problema principal del asturianismo fue que estuvo poco o nada politizado. Que en estos últimos treinta años la promoción de nuestra cultura, la defensa de nuestro idioma, el aprecio hacia nuestras instituciones -el asturianismo, en definitiva- no supo entrar en política y, por eso, la política nunca terminó de entrar en él. Con muy honrosas excepciones, entre la política y el asturianismo se dio un frustrante doble divorcio: los que eran asturianistas no estaban en política y los que estaban en el asturianismo no eran políticos. La gaita, el prerrománico o la fabada (por no hablar del idioma) estaban muy bien para ir de romería o para dar una conferencia, pero no tenían nada que ver con la vida pública, con la seriedad institucional, con nuestro futuro como sociedad: pertenecían a dos mundos distintos.
Y, por culpa de esa obligada distinción, de ese doble divorcio, muchos terminamos pensando que cualquier relación entre ellas era imposible; que la defensa de lo nuestro era incompatible con la búsqueda de votos; que nuestras instituciones, en su obligada imparcialidad, jamás podrían defender lo propio, y que en nuestro país nunca podría haber una opción de gobierno que reclamara el orgullo de ser y pertenecer a esta tierra.
Algunos, incluso, quisieron elevar ese doble divorcio a la categoría de definitivo, de congénito, de irremediable. Los más motivados se pusieron, incluso, esencialistas: «En Asturias jamás podrá haber un partido político propio porque nuestro españolismo nos lo impide, porque en la esencia de nuestra identidad está el ser solidarios, porque lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible». Ésa era la idea dominante, en la derecha y en la izquierda: que lo asturiano era un sentimiento; un sentimiento que pertenecía al mundo de las ideas, de las voluntades, de lo abstracto; y que la política, por el contrario, debía tratar sobre el mundo real, el de las cosas fungibles. Pero hete aquí que lo que no podía ser, pudo ser y que, además, fue posible. Y todo cambió.
Nos falta costumbre, es verdad. Y nivel de discurso. Entre otras cosas, los asturianos seguimos desconociendo cuál es la diferencia real entre el nacionalismo, el regionalismo o el autonomismo. O entre fomentar lo propio y cerrar las fronteras. O entre oficializar una lengua e imponerla. Y, a lo mejor por eso, seguimos cayendo en la tentación de establecer comparaciones negativas: que si esto no es como lo del País Vasco, que si esto no es como lo de Canarias, que si esto no es como lo de Cantabria...
En los próximos años, para bien o para mal, vamos a tener que encontrar nuestro propio espacio. Y no me refiero a Foro; me refiero a Asturias. Vamos a empezar a entender, por ejemplo, lo que significa estar gobernados por un partido propio. Vamos a poder asimilar lo que implica que nuestro presidente hable de país, defienda el orgullo de ser asturianos y, en su discurso de investidura, reclame para sí toda esa tradición asturianista. Y vamos a poder comprobar cómo todo eso -y, a lo mejor, un grupo parlamentario asturiano en el Congreso- no va a romper España, sino todo lo contrario.
Y, si lo conseguimos, los asturianos vamos a poder descubrir que el verdadero problema de aquel doble divorcio entre el asturianismo y la política no estaba en el asturianismo. No. Estaba en la política. O, más bien, en la relación tan extraña que los asturianos mantuvimos, durante décadas, con nuestra política. Una relación en la que, a fuerza de despreciar la gestión de la cosa pública, y a fuerza de no preocuparnos por ella, conseguimos que quedara en manos, no de los mejores, sino de los más persistentes.
Y esos dos conceptos no siempre son sinónimos.
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