
Señoras y señores: tenemos un problema con nuestra carne. Y, tranquilos, que no me estoy refiriendo a las dietas milagro ni a ninguno de los pecados capitales. Hablo de que, en nuestra patria querida, algo estamos haciendo mal cuando, teniendo como tenemos una de las mejores razas de vacuno del mundo, seguimos importando carne en cantidades industriales.
¿A que no lo sabían? Pues es verdad. En Asturies tenemos buenas vacas para carne, pero lo que exportamos al resto de España son los 'xatinos' que luego volvemos a importar (no necesariamente los mismos, ya me entienden) en forma de carne. Sin embargo, y aunque las comparaciones sean odiosas, en otros sectores no hacemos lo mismo. En la leche, por ejemplo: tenemos también muy buenas vacas lecheras y, aunque con mil problemas, somos capaces de disponer de unas industrias lácteas fuertes, nuestras y competitivas que exportan sus excelentes productos y hacen de la leche asturiana una marca de referencia indiscutible.
El contraste no es pequeño y lo digo porque precisamente ésa es la diferencia básica entre las economías avanzadas y las menos avanzadas. Las primeras son las que producen y exportan productos elaborados. Y, las segundas, al revés: son las que exportan las materias primas para terminar importándolas pero ya transformadas. En otras palabras: dime lo que compras, dime lo que vendes y te diré cuál es tu posición económica en el mundo. Y cuál es, por lo tanto, el color de tu futuro.
¿Y por qué a los asturianos nos pasa todo esto con la carne de vacuno? Bueno, no es fácil saberlo; pero, en pocas palabras -como casi todo-, es cuestión de dinero y de organización. En primer lugar, es cuestión de dinero porque a nuestros ganaderos no les termina de salir rentable producir a estos precios. Puede que no sean todo lo competitivos que deberían, puede que no incorporen las ultimas tecnologías de vanguardia, puede que no hayan invertido lo suficiente; todo eso puede ser. Pero, créanme: en los últimos años, el sector ganadero asturiano hizo los deberes, se sacrificó mucho y, aún así, las cuentas no les salen. Y no les acaban de salir porque los precios de compra no dan para más. ¿Podemos pensar entonces que los que compran esa carne tan barata se están aprovechando para luego enriquecerse? Pues no; la verdad es que no: los mataderos asturianos tampoco son demasiado rentables. En algunos casos son hasta ruinosos. Y ahí es donde entra la organización.
Hay trece mataderos en Asturies. Siete de ellos en la zona central. Dos de ellos en Noreña. Bien. De los trece, unos son privados y otros públicos, pero todos lo están pasando mal y entre todos, como digo, no son capaces de generar una gran industria transformadora, moderna y exportadora, que sitúe a la carne asturiana en el lugar que le corresponde. No es culpa de nadie. O lo es de todos. Pero, en cualquier caso, algo tendremos que hacer. Habrá que organizarse. Habrá que unirse. Habrá que corregir los problemas estructurales. Habrá que implicar a todo el mundo; a toda la cadena de valor. Y habrá que superar los cuellos de botella.
La idea del Gobierno asturiano -que, sinceramente, a mí me parece bien- es unificar estos mataderos en una sola estructura: un matadero que integre a todos los ganaderos, asociaciones, cooperativas y empresas que se quieran incorporar. Un matadero que no cierre ninguno de los existentes sino que los agrupe -sobre todo los de la zona central- en la proporción de su cuota de mercado y con una fórmula consorcial. Un matadero que, aunque solo sea por economía de escala, resulte más competitivo y rentable. Un matadero que disponga de más niveles de homologación de producto y de más sellos de calidad de proceso que le permitan exportar a nuevos mercados. Un matadero que, gracias a su mayor tamaño, permita potenciar los canales de comercialización. Y un matadero, en definitiva, que proporcione a los ganaderos unos precios suficientes para mantener y mejorar su producción; de ahí lo de la lonja de precios anexa.
Ése es el modelo y, respecto a dónde debe ubicarse ese matadero, esas instalaciones modernizadas, les diré que yo no soy imparcial. No puedo serlo. No debo serlo. Soy concejal en Noreña y voy a hacer todo lo que pueda para que se aproveche el potencial de las industrias cárnicas de nuestro concejo. Pero tampoco me equivoco: la decisión no va a depender del que más grite, del que más presione, del que mejor enchufe tenga o del que más se movilice. No. Sino del que sea capaz de presentar mejor sus puntos fuertes. Del que venda mejor la idoneidad de sus instalaciones actuales. Del que argumente mejor sus potencialidades. Esto, como casi todo, es un concurso de méritos y los protagonistas van a ser las propias industrias.
Y, en fin, creo que tenemos mucho que hacer por nuestra carne. El modelo ya está inventado y ya funciona en otras economías: entendámoslo, copiémoslo, mejorémoslo. Y concentrémonos en que, del matadero, lo que importa de verdad es que dejemos de importar carne. Suena a juego de palabras, pero es verdad: lo que importa de verdad es dejar de importar. O, dicho de otra manera: los asturianos tenemos que empezar a exportar y a hacer de nuestra carne una referencia de calidad mundial y un motor más de nuestra economía.
Eso es lo que importa de verdad.
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