
Señoras y señores: en Europa se acabó la fiesta. Ya no hay dudas sobre eso. Y, solo por si alguien no se había enterado, los líderes de la Unión nos lo acaban de recordar. Se acaban de reunir y nos acaban de decir: hagan ustedes lo que quieran -esto es solo cuestión de dinero; no de soberanías nacionales ni de otras tonterías parecidas- pero se acabaron los años en los que gobernar era sinónimo de gastar. Sobre todo de gastar lo que no se tenía. Se acabó. A partir de ahora, gobernar va a ser sinónimo de recortar. De recortar recursos limitados. De gestionar ingresos y de poner orden en los gastos.
Todo esto quiere decir que ya no vale la excusa de que necesitamos más dinero que los demás porque tenemos mucho más paro que ellos. O mucho más fracaso escolar. O más fraude fiscal. No; eso ya no vale. Seamos serios. Ser los campeones europeos del paro, del fraude fiscal o del fracaso escolar, no puede ser nunca un argumento para reclamar más inversiones. Ni aquí ni en Lituania. En todo caso, esos serían argumentos para lo contrario: para sufrir más sanciones, más recortes y más multas que los demás. Y eso es lo que, queramos o no, va a pasar en el futuro: o hacemos los deberes o aquí no va a haber más dinero para nadie. Y ésa, ésa tendría que ser la verdadera enseñanza de esta puñetera crisis: el que hace las cosas bien, premio. Y el que las hace mal, problema. Si hay resultados, hay recompensa; si no, no. Sin trampas. Y ése código de conducta sirve para los estudiantes, para los gobiernos y -atención compañeras y compañeros- también para todos nosotros: para los votantes.
Durante demasiado tiempo los votantes estuvimos jugando con fuego. Y nos quemamos. Nosotros solos. Admitámoslo: durante demasiado tiempo los votantes estuvimos jugando a poner en los gobiernos a los candidatos que creíamos nos iban a traer más cosas. “Haremos más” decían unos en su propaganda electoral. “Traeremos soluciones” respondían los otros. Y, aunque no nos fiábamos de sus promesas mitineras, al final les hicimos caso y ahora nos encontramos con que todo eso se acabó. Se acabó porque -a ver si nos enteramos de una vez- los mejores gobernantes ya no pueden ser los que nos prometan traer las mejores cosas. Ni siquiera los que cumplan esas promesas y nos las traigan finalmente. No. Ése no es el problema. El problema ya no está en cumplir o no cumplir las promesas electorales. El verdadero problema está en ver cómo vamos a cumplir todas esos compromisos antiguos. Es decir: de dónde vamos a sacar todos esos dineros (de qué parte del presupuesto, quiero decir) y quién los va a pagar finalmente. Ése va a ser el verdadero problema de los gobernantes de la Europa del futuro: definir quién va a costear todas esas cosas tan chulas que quisimos construir y, sobre todo, decidir cómo las vamos a mantener.
Un auditorio cúbico y vacío, un aeropuerto sin aviones, un puerto ampliado, un millonario chalet-biblioteca, una cúpula de la innovación que no paga la luz, un centro comercial con oficinas públicas y visera abatible (Ay no, que la visera ya no se abate), una ciudad del motor o un taller escuela que no existe son cosas que ya no deberían inclinar nunca más el resultado de unas elecciones. Porque gestionar los dineros públicos no puede seguir consistiendo en inventarse proyectos inviables para que los financien otros y para que los paguen las generaciones venideras. Eso se acabó. Y por eso -lo siento- a mi me sigue haciendo mucha gracia oír a ciertas personas decir que el actual gobierno asturiano no hace nada.
Pues por supuesto que el gobierno asturiano no hace nada de todo aquello que antes se hacía y ahora no. Afortunadamente. Y entre las muchas cosas que el gobierno asturiano ya no hace está el prorrogar la agonía de algunos proyectos indiscutiblemente mal gestionados pero que suponían una sangría, presente y futura, más indiscutible todavía. ¿Es eso cómodo? Pues no, no lo es. ¿Es rentable electoralmente? Pues no, tampoco lo es... Pues entonces ¿Hay que insistir en cortar con todo esto? Pues sí, por supuesto que sí. El gobierno asturiano, como el resto de los gobiernos europeos, tiene que dejar de hacer un montón de cosas. De hecho, está dejando de hacerlas y a mí me parece bien. Muy bien. Es más, lo que me preocuparía sería precisamente todo lo contrario. A mi lo que me preocuparía es que el gobierno asturiano estuviera prorrogando situaciones insostenibles por incompetencia o por desinterés. Eso sí que me parecería grave. Muy grave. Pero no me consta; no creo que ése sea el problema, ni mucho menos. Y por eso, si les parece, les invito a lo siguiente: la próxima vez que oigan decir que este gobierno -o cualquier otro, da igual- no hace nada, pregúntense a qué se están refiriendo realmente y decidan si lo que acaban de oír es una crítica.
O un elogio.
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