27 de febrero de 2012

Vamos a descontar mentiras



Vivimos en una gran mentira. O, bueno, para ser exactos, convivimos con un montón de pequeñas mentiras a las que no damos importancia hasta que nos estallan en la cara. Entonces sí; entonces hablamos de ellas y nos lamentamos de todo lo hecho y lo llamamos burbuja. Puede ser una burbuja inmobiliaria, una burbuja tecnológica, una burbuja financiera o una burbuja de déficit… Puede ser una burbuja de muchos tipos pero todas tienen algo en común: nunca nos sentimos responsables de ellas y siempre le echamos la culpa de todo a los demás.
Pero no pasa nada. Somos así. Nos cuesta aprender. Solo vemos lo que tenemos delante y solo apreciamos nuestras cosas cuando estamos a punto de perderlas. Y, en este sentido, la crisis actual es igual que todas las anteriores. Por eso está bien que el nombre de crisis parezca un plural –aunque solo sea porque viene del inglés- porque, en realidad, más que una sola, son muchas las mentiras que tenemos que descubrir y desmontar y corregir para poder superarla. Mentiras, por ejemplo, como aquella tontería de que toda esta crisis viene de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Pues no. Niego la mayor. Eso es falso. No éramos nosotros los que vivíamos por encima de nuestras posibilidades. No. Eran otros los que vivían por encima de “nuestras” posibilidades. Que no es lo mismo.
Lo que, por cierto, no nos exime de culpa porque, al final, fuimos nosotros los que les dimos la oportunidad de vivir por encima de nuestras posibilidades: les dimos el poder, les dimos el dinero y les dimos nuestros votos... Pero, en fin, ésa es otra historia y, volviendo a lo de antes, insisto en que todas las épocas tuvieron sus grandes crisis. Todas. Y todas las generaciones tuvieron que desmontar sus grandes, o pequeñas, mentiras. Todas. Bien es verdad que, tiempo atrás, las mentiras sonaban más trascendentes: brujería, supersticiones, creencias acientíficas, puritanismo en materia de costumbres, negación del voto a las mujeres, justificación de la esclavitud, hipocresías morales, qué se yo… y que muchas de esas crisis anteriores se solucionaron con grandes o pequeñas guerras. Todo eso es verdad y por eso puede parecer que esta crisis de ahora es menos trascendente que las anteriores porque su contenido es exclusivamente económico. Y, si me apuran, porque ese contenido económico siempre está relacionada con los dineros públicos. Es decir, con los recursos comunes que, al ser de todos, corren el riesgo de acabar no siendo de nadie. Pero no se engañen, no: las cuestiones económicas –en apariencia tan frías e impersonales- pueden implicar, y de hecho implican, desafíos morales, sociales o culturales muy importantes.
En este sentido creo que hay un par de preguntas esenciales que tendríamos que hacernos obligatoriamente. La primera es: ¿Hasta dónde podemos permitirnos un sistema de protección pública? Es decir, ¿Cómo lo pagamos? ¿Cuánto nos cuesta? ¿Quién lo va a costear realmente? Y, la segunda, que en realidad, es una consecuencia directa de la primera, es: ¿Cuánto fraude podemos soportar? O, dicho de otra manera, ¿Estamos preparados para no hacer trampas? ¿Todos? ¿O de verdad lo que queremos es que no las hagan los demás pero nosotros sí porque las nuestras son mucho más pequeñas?
Les pongo un ejemplo, solo uno: hay unas quince mil empleadas de hogar en Asturias sin estar dadas de alta. Quince mil. Que, bueno, para una economía con casi cien mil parados no está nada mal. Ahora, además, con la nueva ley de servicio doméstico, tenemos una oportunidad única de poner las cosas en orden. ¿Creen ustedes que lo vamos a hacer? Yo, la verdad, no lo sé. ¿Y por qué no lo sé? Pues porque nos va a costar mucho. Nos va a costar mucho dinero y algo de papeleo. Claro que nos va a costar. Y no estamos acostumbrados. Y tenemos mil excusas para no hacerlo. Y cuando hablamos de fraude fiscal todos pensamos en las grandes fortunas, en los grandes despilfarros y en los grandes sinvergüenzas, pero nunca reparamos en los pequeños gestos que dependen de nosotros. Y no nos damos cuenta que, si todos hiciéramos lo correcto, las cosas podrían ir mucho mejor. Podríamos, por ejemplo, dar de alta a unas quince mil personas. Y ésas, ésas son las pequeñas mentiras que podríamos empezar a descontar desde ya. Así que, la próxima vez que oigan hablar de la crisis y de lo mal que está todo, piensen en las pequeñas cosas que podrían empezar a hacer.
Y no olviden que las grandes hazañas empiezan, siempre, con un primer paso.

8 de febrero de 2012

Cascos: víctima por ser verdugo


Como somos personas normales, todos sentimos la necesidad de reducir los grandes debates públicos a una dimensión más nuestra, más comprensible, en definitiva, más humana. Pero esto que digo no es malo; no es malo en absoluto. Tomar decisiones correctas -en la política y en la vida- implica procesar un montón de información complicada y resumirla en una o dos preguntas esenciales. Una o dos, no hay lugar para más: así son las elecciones y así es la vida. Y en este sentido, si me lo permiten, creo que una de las grandes cuestiones que vamos a tener que resolver en estas próximas elecciones autonómicas consiste en saber si nuestro presidente es un verdugo o una víctima de toda esta situación. Es decir, si Álvarez-Cascos es un verdugo intransigente que no quiere pactar con la oposición y por eso tiene que disolver el Parlamento. O si, por el contrario, es la oposición la que quiere decapitar a Cascos no pactando con él y eso es lo que le lleva a disolver el parlamento. Queramos o no, ahí es donde se está centrando gran parte del debate: en el carácter de nuestro presidente, en su forma de ser, en su talante. Ser o no ser un elefante en la cacharrería; ésa es la cuestión. O, por lo menos, eso es lo que se está discutiendo ahora mismo en la calle. ¿Es Cascos un intransigente que no sabe pactar? ¿O es una víctima indomable de una clase política que no admite cambios? ¿Es un autoritario que nunca podrá gobernar en minoría? ¿O es el verdugo de un régimen corrupto? ¿Es un incompetente que mientras está en el Gobierno solo echa balones fuera? ¿O es la oposición la que, con sus negativas, mantiene paralizada a la administración? Esas van a ser, en mi opinión, algunas de las claves que van a inclinar la balanza.
El rumor es un arma muy poderosa y resulta fácil generar imágenes esteriotipadas de las personas públicas. Demasiado fácil. Todos sabemos que a Cascos, cuando era secretario general del PP, lo llamaban «el general secretario» por lo mucho que mandaba. Y también conocemos el famoso vídeo de campaña del PSOE en el que se le intentaba identificar con un dóberman rabioso. Esos son los lugares comunes y eso es lo que muchas veces queda. Es verdad. Pero, tópicos aparte, les invito a que reflexionen conmigo sobre los hechos. Los hechos son mucho más fáciles de comprobar y mucho más demostrables que los rumores. Y, en este sentido, les animo a que me digan si conocen una sola declaración extemporánea de Cascos en este último año y medio. Les reto a que me citen una sola interpelación suya que pueda calificase como salida de pata de banco. Les pido que me enseñen un solo insulto que haya salido de su boca. ¿Les consta alguno? A mí, la verdad, no. Dejémonos entonces de tonterías, de tópicos y de lugares comunes y ciñámonos a las evidencias. Y las evidencias demuestran que Álvarez-Cascos se está comportando de forma respetuosa y rigurosa. ¿O me lo estoy inventando?
Cascos tiene fama de intransigente y de autoritario -de acuerdo- pero no fue su presunto mal talante es que impidió que fuera el candidato del partido popular a las pasadas elecciones. Durante meses, Cascos aguantó estoicamente que lo ningunearan y no levantó la voz ni armó ningún escándalo. Se limitó a enviar cuatro cartas al órgano competente y esperó respuesta sin obtenerla. No aceptó componendas ni pactos de silencio sobre corrupciones pasadas y esa misma forma de proceder -con firmeza pero sin insultos, ni calumnias ni provocaciones- es la misma que lleva manteniendo todo este último año y medio, como candidato, como presidente y ahora otra vez como candidato. ¿Es eso ser un intransigente? ¿Es eso romper la baraja? ¿Es eso ladrar como un dóberman? No, no lo es: eso es ser un paisano. Por el contrario, en todo este año convulso, hubo una serie de declaraciones públicas hechas por la oposición de naturaleza muy diferente y les pongo solo dos casos. Primer ejemplo, declaraciones en prensa de Jesús Gutiérrez, número dos del PSOE asturiano: La victoria de Foro supone la «entrada de la extrema derecha en España». Casi nada. Y, segundo ejemplo; carta a los medios de Gabino de Lorenzo, número (bueno, no sé, pongan ustedes lo que quieran) del PP asturiano: «Los partidarios de Cascos actúan con métodos propios de la ultra-izquierda, rayan la kale borroka». En fin, como digo, son dos ejemplos nada más, pero creo que hablan por sí mismos y, en definitiva, nos permiten hacer comparaciones del tamaño de la boca de cada uno.
Por eso, insisto en que, en asuntos tan graves como estos, no podemos dejarnos llevar por las tonterías y los lugares comunes y debemos acudir a las evidencias. Tan simple como eso: frente a la oscuridad, luz; frente a los rumores, hechos. Decidan ustedes mismos.

2 de febrero de 2012

La última páxina


Faise difícil dicir adiós a dieciséis años d’edición en papel de Les Noticies. Pa bien o pa mal, esti selmanariu qu’agora se despide forma parte de la nuestra biografía y eso ya naide va quitánoslo. En realidá, tolo que facemos na vida, l’oficiu al que dedicamos el nuestru tiempu y les coses poles que más nos esmolecemos acaben acompañándonos siempre. Y anque ye verdá que les palabres marchen col aire y que los titulares ablucantes y les esclusives sorprendentes d’un día valen pa envolver el bocadillu al día viniente, yo –como editor- sigo convencíu qu’estos 770 númberos publicaos merecieron la pena y qu’aquel apueste por facer un periódicu nuevu, de calidá, independiente, abiertu y al serviciu del pueblu asturianu valió y valió pa munchu.

Nun tenemos qu’andar mirando continuamente atrás nin caer na complacencia de la señaldá. Ye verdá. Pero pa ser quien a diseñar cualquier futuru amañosu tenemos que ser conscientes del camín andáu y construir enriba d’él. En 1996 nun pidímos permisu a naide pa echar andar esta empresa: namás contábemos que podíemos facelo y que la xente –los llectores, los anunciantes y les instituciones- diben responder. Por eso nun nos arrepentimos gota de lo fecho nin tenemos el más mínimu espaciu pal reproche o pa la quexa: los tiempos son otros, la crisis ye una realidá, los númberos nun cuadren y esi equilibriu inestable nel que nos calteníemos ya nun aguanta más. Pero, siendo sinceros, lo único que nos queda ye un agradecimientu fondu a tolos que nos ayudaron nesti tiempu andáu. A tolos llectores que cada selmana compraron un exemplar en quioscu; a tolos suscriptores que renovaron el so compromisu añu tres añu; a tolos collaboradores que nos mandaron los sos artículos; a toles empreses que s’enfotaron en nós pa enseñar la so publicidá; y a toles instituciones que d’una o otra manera nos concedieron les sos ayudes. A toos ellos, munches gracies.

Y tienen que me permitir agora que tenga un reconocimientu mui especial pa los que cuento son los principales protagonistes d’esta aventura: los trabayadores d’esta empresa, los profesionales d’esta casa, los mios compañeros. Ye verdá que, bien de veces, tocome ser la parte visible del negociu y que, polo tanto, correspondiome dar la cara. Pero créanme si-yos digo qu’ellos dieron munchu más qu’eso: ellos diéronlo too; dieron lo meyor d’ellos mesmos y, con esa entrega vocacional, ficieron posible esti suañu. Un suañu que tampoco diba ser posible ensin la capacidá, la entrega y el talentu del mio sociu y tamién editor, Alberto Suárez, al que siempre-y correspondió la parte más dura del proyectu: tirar del carru. A toos ellos, munches gracies tamién.

Y gracies, por descontao, a tolos que nel futuru van siguir acompañándonos nesta nueva etapa. Depués de dieciséis años dicimos adiós al papel y reforzamos la edición dixital. Son tiempos nuevos y vienen nuevos retos. Fuimos el to periódicu nel quioscu durante 770 selmanes y agora somos el to diariu n’asturianu en www.lesnoticies.com.