
Pero no pasa nada. Somos así. Nos cuesta aprender. Solo vemos lo que tenemos delante y solo apreciamos nuestras cosas cuando estamos a punto de perderlas. Y, en este sentido, la crisis actual es igual que todas las anteriores. Por eso está bien que el nombre de crisis parezca un plural –aunque solo sea porque viene del inglés- porque, en realidad, más que una sola, son muchas las mentiras que tenemos que descubrir y desmontar y corregir para poder superarla. Mentiras, por ejemplo, como aquella tontería de que toda esta crisis viene de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Pues no. Niego la mayor. Eso es falso. No éramos nosotros los que vivíamos por encima de nuestras posibilidades. No. Eran otros los que vivían por encima de “nuestras” posibilidades. Que no es lo mismo.
Lo que, por cierto, no nos exime de culpa porque, al final, fuimos nosotros los que les dimos la oportunidad de vivir por encima de nuestras posibilidades: les dimos el poder, les dimos el dinero y les dimos nuestros votos... Pero, en fin, ésa es otra historia y, volviendo a lo de antes, insisto en que todas las épocas tuvieron sus grandes crisis. Todas. Y todas las generaciones tuvieron que desmontar sus grandes, o pequeñas, mentiras. Todas. Bien es verdad que, tiempo atrás, las mentiras sonaban más trascendentes: brujería, supersticiones, creencias acientíficas, puritanismo en materia de costumbres, negación del voto a las mujeres, justificación de la esclavitud, hipocresías morales, qué se yo… y que muchas de esas crisis anteriores se solucionaron con grandes o pequeñas guerras. Todo eso es verdad y por eso puede parecer que esta crisis de ahora es menos trascendente que las anteriores porque su contenido es exclusivamente económico. Y, si me apuran, porque ese contenido económico siempre está relacionada con los dineros públicos. Es decir, con los recursos comunes que, al ser de todos, corren el riesgo de acabar no siendo de nadie. Pero no se engañen, no: las cuestiones económicas –en apariencia tan frías e impersonales- pueden implicar, y de hecho implican, desafíos morales, sociales o culturales muy importantes.
En este sentido creo que hay un par de preguntas esenciales que tendríamos que hacernos obligatoriamente. La primera es: ¿Hasta dónde podemos permitirnos un sistema de protección pública? Es decir, ¿Cómo lo pagamos? ¿Cuánto nos cuesta? ¿Quién lo va a costear realmente? Y, la segunda, que en realidad, es una consecuencia directa de la primera, es: ¿Cuánto fraude podemos soportar? O, dicho de otra manera, ¿Estamos preparados para no hacer trampas? ¿Todos? ¿O de verdad lo que queremos es que no las hagan los demás pero nosotros sí porque las nuestras son mucho más pequeñas?
Les pongo un ejemplo, solo uno: hay unas quince mil empleadas de hogar en Asturias sin estar dadas de alta. Quince mil. Que, bueno, para una economía con casi cien mil parados no está nada mal. Ahora, además, con la nueva ley de servicio doméstico, tenemos una oportunidad única de poner las cosas en orden. ¿Creen ustedes que lo vamos a hacer? Yo, la verdad, no lo sé. ¿Y por qué no lo sé? Pues porque nos va a costar mucho. Nos va a costar mucho dinero y algo de papeleo. Claro que nos va a costar. Y no estamos acostumbrados. Y tenemos mil excusas para no hacerlo. Y cuando hablamos de fraude fiscal todos pensamos en las grandes fortunas, en los grandes despilfarros y en los grandes sinvergüenzas, pero nunca reparamos en los pequeños gestos que dependen de nosotros. Y no nos damos cuenta que, si todos hiciéramos lo correcto, las cosas podrían ir mucho mejor. Podríamos, por ejemplo, dar de alta a unas quince mil personas. Y ésas, ésas son las pequeñas mentiras que podríamos empezar a descontar desde ya. Así que, la próxima vez que oigan hablar de la crisis y de lo mal que está todo, piensen en las pequeñas cosas que podrían empezar a hacer.
Y no olviden que las grandes hazañas empiezan, siempre, con un primer paso.

